Para una aproximación de la Semiótica Discursiva a la Intersubjetividad profesor-alumno
José David García Contto
Licenciado en Comunicación de la Universidad de Lima, donde actualmente es docente en los cursos de Semiótica, Análisis del Discurso, Estética y Teorías del Conocimiento. También enseña en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas el curso de Semiótica Publicitaria, y trabaja además en otras prestigiadas instituciones peruanas.
Realizó estudios de Doctorado en la Universidad de Lovaina (Katholieke Universiteit Leuven) en Ciencias Sociales, al presente continúa su investigación doctoral sobre semiótica y fotografía peruana.
Resumen
Este artículo sienta las bases del estudio semiótico de la interacción profesor-alumno, desde la escuela semiótica de Greimas, y algunos representantes contemporáneos como Fontanille y Zilberberg. Desde este punto de vista, se rescatan las principales formulaciones teóricas y sus implicancias en el estudio de la relación que establecen en el aula los protagonistas del "relato" educativo. Ese es, precisamente, uno de los ángulos más saltantes a tener en cuenta en la aproximación semiótica, y es la de considerar el proceso educativo un "relato", que puede ser estudiado y analizado bajo la metodología semiótica.
Entre las conceptualizaciones de la semiótica narrativa, es de particular
importancia el concepto de manipulación, porque pone en evidencia las
interacciones regulares, así como los simulacros o imagen que se construyen
desde cada lado de la interacción sobre el otro (ya sea el estudiante o el
profesor). Estos modelos sirven para poner en evidencia también las
sensibilidades de cada quien, su punto de vista, e incluso los afectos y
pasiones que se intercambian y se construyen en el intercambio entre profesor y
alumno. Se trata de un modelo que debe aún ponerse a prueba como instrumento de
evaluación didáctica. Introducción Las relaciones entre comunicación y educación tienen larga data y han sido
materia de reflexión en diferentes épocas, lugares y escuelas teóricas. La
teoría de la comunicación ha sido invocada, ya fuera por los educadores o los
comunicólogos, para revisar y ampliar, los estudios sobre educación,
generalmente con mira a perfeccionamientos pedagógicos. La teoría semiótica ha sido también utilizada de modo similar. Sin embargo, esta
reflexión no ha dado los frutos teóricos y pedagógicos esperados, pues, muchas
veces, la teoría de la comunicación y la semiótica han sido empleadas sin
pensar1, pese a que "la idea más intuitiva de que la educación es comunicación
(aunque de un tipo especial) tampoco puede dejarse de lado."2 En este trabajo se propone un límite al objeto de reflexión_ se centra en la
relación interpersonal que establecen profesores y estudiantes (o educadores y
educandos) en sesiones, mejor conocidas como “clases”, en las que el docente
realiza (casi siempre) una exposición monológica de un tema (conjunto de objetos
cognoscitivos), mientras sus alumnos se limitan a escucharlo y aprender. La
importancia de este fenómeno educativo radica en la presencia hegemónica de la
metodología clásica en los ámbitos escolares y universitarios (por mencionar los
más amplios), ya sea por necesidad o por elección de un sistema pedagógico. Este
ensayo busca reflexionar sobre algunos aspectos intersubjetivos de esta relación
educativa. El enfoque a utilizarse está fundado en la Semiótica Discursiva3. Su aporte
consiste en evitar esa primera aproximación, planteada antes como relación
interpersonal, para trabajar, más bien, una intersubjetividad, en la que la
categoría “sujeto” acerca a los “roles” que producen (y/o que se producen en)
dicha relación. Entonces, ¿cuál es el ángulo desde el que esta teoría puede enfrentar el
fenómeno educacional? Paul Ricoeur, un importante filósofo y hermeneuta, propone
la idea de que
las acciones son discurso: la vida es un relato4. Puesto que las acciones y
hechos cotidianos son pensados en términos de relatos, y la Semiótica Narrativa
es un modelo de análisis de los mismos, es posible plantear un análisis del
fenómeno educativo como narración. Es decir, el planteamiento del presente
trabajo es analizar a acciones y sujetos en tanto son “narrados” por ellos
mismos, aproximándose al discurso del fenómeno Queda así en evidencia un supuesto inicial: si bien la Semiótica Narrativa se
ocupa inicialmente de las acciones “del papel” (contadas en cuentos, historias,
novelas o crónicas), es posible concebir el fenómeno educativo también como un
relato. Por medio de entrevistas, es posible que los “protagonistas” construyan
una historia, una narración de
su propia experiencia6. Metodológicamente, se trata de una extrapolación de
estos modelos
sobre la vida cotidiana, procurando enfrentar “situaciones reales de la vida
social misma”, y aplicándolos a la interacción profesor-alumno. El principal aporte de la Semiótica Narrativa al estudio de la educación como
comunicación, será buscar una estructura subyacente7 formal a la relación entre
educador y educando, explicando la operatividad relacional que da sentido a los
hechos producidos a diario en las aulas de clase: “La exploración semio-narrativa del discurso didáctico tiene por meta hacer
emerger la organización formal que comporta el ejercicio de esta práctica
discursiva particular” (Vincensini 1987: 9)8 En tal sentido, es necesario aprovechar la metodología y la riqueza del marco
conceptual semiótico para abrir una nueva línea de investigación en el discurso
didáctico y en el discurso del aula. En este ensayo, las entrevistas tienen como
propósito
ser ejemplos metodológicos, no recursos para generalizaciones inductivas sobre
el fenómeno educativo. La Educación es Manipulación En la Semiótica Narrativa, la manipulación tiene como definición modal
“hacer-hacer”, o, simplemente, “hacer que otro haga”. Visto así, desde el
chantaje más elaborado hasta el favor más sencillo, son considerados
manipulación. La educación no escapa a este esquema, aunque los “haceres” de
carácter cognoscitivo (explicar, exponer, aprender, conocer, identificar,
explorar, reconocer, indagar) sean verbos frecuentes en los sílabos de educación
superior. Según esta teoría, la manipulación supone a un manipulador y a un manipulado, y
asigna a cada posición los roles necesarios. La función del manipulador es
persuadir, mientras que la del manipulado interpretar. El “hacer persuasivo” en la manipulación es necesariamente un “hacer-creer”. En
otras palabras, impulsar un “hacer” (cualquiera que este sea) implica que el
manipulado interprete o no algo: su decisión supone un “creer” o un “no creer”.
La aceptación es el ejercicio de una interpretación. Por ello, no existe
manipulación sin “hacer-creer” o sin un “creer” correlativo. Persuasión e Interpretación como ejercicio del Creer El ejercicio del “creer” se presenta al nivel de las axiologías que buscan que
el educando se adhiera; es decir, cuando se le lleva en conjunción a
determinados valores (ideologías de lo correcto, propio, bueno, útil o
necesario, variables según la cultura). Por otro lado, en el ámbito de los
saberes transmitidos también existe manipulación, pues se busca que el alumno
crea que lo que se dice es verdad. Tanto las axiologías (valores), como los
saberes, son sometidos a la decisión de creer o no creer. Esta decisión
implicará (según la clase o curso en cuestión) una ejecución: hacer algo
consecuente con esa creencia. En Matemática, por ejemplo, si el estudiante
“cree” en los postulados matemáticos dados por el educador, resolverá los
problemas asignados en función a estos. Es, entonces, pertinente para la actividad educativa explorar el “hacer”
persuasivo e interpretativo como un “hacer” regulado por la modalidad del
“creer”, que, en realidad, matiza cualquier tipo de comunicación humana9. En semiótica, la comunicación es definida como un “hacer” cognoscitivo, marcado
por dos niveles: uno de transmisión de un “saber” (más superficial, de tipo
emisor - mensaje
- receptor), y otro marcado por el “hacer-creer” (más profundo, que implica
persuasión e interpretación). Greimas reitera esto y abre las consecuencias del
“creer”: “(…) al menos en un primer acercamiento (a la comunicación), puede ser
calificada de simple: se tratará, en este caso, del hacer informativo que,
teniendo en cuenta el esquema de la comunicación, aparecerá como hacer emisivo o
como hacer receptivo. Sin embar- go, la mayoría de las veces -aunque no
siempre-, la transferencia de saber está modalizada desde el punto de vista
veredictorio: con relación al eje destinador-destinatario, se tendrá,
respectivamente, el hacer persuasivo y el hacer interpretativo que ponen en
juego una relación fiduciaria intersubjetiva”. (Greimas 1982: 59) Por ende, existe una consideración diferenciada entre el modelo de transmisión y
el modelo de manipulación de la comunicación: La persuasión e interpretación son una consecuencia necesaria del “creer”. Es
una relación de confianza entre los sujetos de la interacción comunicativa.
Sobre la base de un eje comunicativo, se puede modalizar a cada actante (emisor,
receptor) con el “creer”. Así, para confiar en el destinador, tendrá que verse,
en primer lugar, su
credibilidad. Modalizando al objeto (y su relación con el mundo), se apreciará
la verosimilitud. Finalmente, en relación al destinatario, se observará su
credulidad10. Por ello, al enfrentar una clase cualquiera, la credibilidad del docente está en
juego. Como se vio anteriormente, su pertenencia a un sistema institucional lo
pone en el vértice del cono de poder. Este otorga, desde el inicio de la
actividad educativa, una autoridad y un grado elemental de credibilidad (el
docente “debe ser creído” porque es el profesor y se supone que sabe). Por esta
misma razón, el alumno se halla en una posición de “deber-creer”. Ambos
ejercicios del “creer” están en consonancia con que la clase (lo que dice el
profesor, el objeto cognoscitivo) sea verosímil. En otras palabras, si un
docente dijera una locura (o algo no creíble, inverosímil) pondría en tela de
juicio su credibilidad, despertando un conflicto en el alumno (entre el
“deber-creer” y su incredulidad). Estas tres variables (credibilidad,
verosimilitud y credulidad) se hallan en constante tensión. Más aún en la
educación superior, en la que, se supone, el alumno tiene la capacidad de dudar;
es más, es invitado a criticar y poner a prueba la verosimilitud de lo dicho en
clase (teorías, propuestas, ciencia, opiniones). Fiducia: Creencia y Confianza En la relación educativa (como en cualquier comunicación), están en juego el
“creer” y el “saber”. Ya Greimas propuso que estas dos modalidades conforman el
mismo universo cognitivo11. En tal sentido, es necesario tratar de entender sus
relaciones en el campo de la comunicación educativa. Desde diversos ángulos, el
“saber” precede al “creer”, y viceversa. Es importante recalcar cómo el “saber”
se construye sobre la base del “creer”.
En otras palabras, todo “saber” (certeza) se funda en algún tipo de creencia: en
una fe, una confianza, una fiducia12. Esto es particularmente pertinente en la
circulación del objeto
cognoscitivo en la comunicación educativa. Fontanille y Zilberberg proponen, en
dos versiones, una doble orientación de la fiducia:13 En una versión, la confianza es la orientación intersubjetiva de la fiducia (en
este caso, del alumno hacia el profesor), mientras que la creencia es la
orientación del sujeto a un objeto. Recálquese, entonces, que no se trata de una
“confianza en la persona”, sino de la confianza depositada en aquel que
desempeña el rol de profesor de un curso. Así, no es analizable la confianza
íntima y personal (que supondría una amistad), sino la mínima confianza que el
educando orienta hacia el profesor, que hace posible la relación de
enseñanza-aprendizaje. Por ende, la confianza (antes del “saber” mismo) se establece, en principio,
sobre el docente, por la autoridad que le es conferida desde el sistema
educativo . Por esta razón, lo que diga es “confiable”, siendo esta la base que
construye la “creencia” del educando sobre la materia u objeto de saber. Además,
esta confianza (ejercida por el alumno hacia el docente) se ve reafirmada o
amenazada por el desempeño del profesor. Cabe decir que la competencia
cognoscitiva del docente afecta y modula el “creer” del alumno (su credulidad).
Sin embargo, tal parece que el “saber” en sí mismo no siempre se ve afectado por
dicho desempeño; es decir, existe una relación gradual al respecto. Un profesor
tendría que ser muy incompetente o muy desequilibrado para que el conocimiento
que brinde no sea verosímil; más bien, le despertaría duda y desconcierto (su
credibilidad quedaría demasiado comprometida). Aún peor debería ser el profesor,
para que el “saber” en circulación sea, de plano, rechazado por el alumno. En
ese sentido, puede decirse que, de acuerdo a su continua performance, el docente
construye la credibilidad de sus siguientes clases. Y dicha credibilidad solo se
ve afectada cuando la confianza entra en extrema tensión. Metafóricamente hablando, el docente, como destinador preponderante de la
comunicación educativa, empieza el curso con un capital de credibilidad. Este se
acrecienta, sostiene o disminuye de acuerdo a la evaluación y juicio (sanción)
que hacen los alumnos
continuamente de sus clases (performance). Esta evaluación, por ende, es un
“creer” sobre la capacidad y verosimilitud del docente. La verosimilitud máxima
confiere al objeto de “saber” un grado estable de creencia, dándole al alumno
certeza sobre el mismo; ello permite, finalmente, el estatuto de conocimiento. Pero no siempre la confianza es proporcional a la verosimilitud del objeto de
valor, o a la credibilidad. Si bien la confianza hacia el docente (así como la
que el profesor le tiene al alumno) se convierte también, por sí misma, en un
valor modal, en ocasiones esta y la verosimilitud marchan separadas. El Contrato Enunciativo y los Simulacros Modales No pueden desarrollarse la persuasión e interpretación en la dimensión
cognoscitiva, si antes de establecer ese tipo de “hacer” no existe alguna
relación previa que funde la posibilidad de relación comunicativa: el contrato. El contrato fundador de la relación intersubjetiva es denominado como “contrato
implícito”. Graciela Latella lo explica con detalle: “(.. ) el acto cognosctivo de reconocimiento por el cual un sujeto
semióticamente competente construye al sujeto - otro o a su antisujeto al mismo
tiempo que se construye a sí mismo. Pero siendo este reconocimiento de orden del
simulacro, es solo a consecuencia de una aceptación de simulacros como los
sujetos son capaces, recíprocamente, de asumir la relación modal. Es solo
entonces cuando los sujetos van a fundar verdaderamente una relación
intersubjetiva (que ya no es un simulacro)(..).” (Greimas y Courtes 1991: 34) Antes de establecer la relación intersubjetiva, el juego de representaciones es
fundamental para el desarrollo de la misma. Las posibilidades de simulacro son
varias; por lo tanto, la conformidad o no-conformidad sugiere también simulacros
tensivos sobre un fondo no estable. En el caso de la no-conformidad, un
conflicto extremo podría ocurrir si un “sujeto-otro, al no responder a la
expectativas interaccionales del sujeto, no ha construido
un simulacro por su lado; este sería el caso, por ejemplo, del indiferente”14.
Se observa,
además, que las expectativas son un elemento importante en la verificación mutua
de simulacros. Finalmente, lo que se crea de un sujeto, o de un sujeto-otro,
dependerá también de lo que se espera que estos digan o hagan15. Si bien, como se vio en la cita previa, existe un reconocimiento cognoscitivo,
Greimas y Fontanille sugieren que también podría darse en el nivel pasional16.
Además, indican que, al extraer todas las consecuencias del análisis de las
pasiones, sería necesario “postular que toda comunicación es comunicación (e
interacción) entre simulacros modales y pasionales: cada quien dirige su
simulacro hacia el simulacro de otro, simulacros que todos los interactantes y
las culturas a las que pertenecen han contribuido a construir”17. Se puede explicar esta cotejo de representaciones (simulacros modales, como los
llamara
Greimas) a través de los esquemas de la inmanencia (ser - no ser) y de la
manifestación
(parecer - no parecer) de las modalidades veridictorias18. Entonces, la
construcción de los simulacros modales se articula sobre el “creer-parecer” del
sujeto sobre el sujeto-otro. Al verificar la conformidad de sus simulacros, los
sujetos (aún virtuales) de la interacción operan el “reconocimiento” y
construyen un “creer-ser” sobre el otro sujeto, ya con elementos de juicio
otorgados por el primer acercamiento. En este punto, las investiga- ciones no
permiten precisar cuál es la relación entre este “creer-ser” sobre el sujeto y
el “creer-decir-verdad” del sujeto. Este punto de “aceptación mutua de la
conformidad de los respectivos simulacros”, en el que se conjugan las
modalidades de la veridicción, puede ser el origen de los “haceres” persuasivo e
interpretativo. El “hacer” persuasivo corresponde al “hacer-creer-verdad”,
mientras que el “hacer” interpretativo al “creer- verdad”. Ambos “haceres”
cognoscitivos se entrecruzan al ser ejercidos por los sujetos de la interacción. Simulacros Figurativos y Sensibles No obstante de que esta perspectiva modal y narrativa es útil para aprehender la
interacción de simulacros, el alumno y el docente difícilmente se perciben
mutuamente de esta forma, ya que “los simulacros de los actores en interacción
son esencialmente disposiciones de sujetos modales figurativizados y
sensibilizados”19. Es decir, no solo se
trata de una actividad cognoscitiva, sino, fundamentalmente, de las
sensibilidades de un sujeto frente a otro, y de la aprehensión perceptiva de su
figuratividad (complexión física, voz, olor, vestimenta, etc.),. Con esta
última, el sujeto sensible construye un simulacro y representación no solo de su
posible competencia cognoscitiva, sino también de su ser
individual20. Los simulacros, por ende, representan el universo de percepciones de un sujeto
sobre el otro, tanto figurativa como modal y narrativamente. Así, por ejemplo,
todo lo que un alumno imagina sobre un profesor de filosofía (cómo se ve, cómo
habla, si usa barba o no, su trato al estudiante, etc.) será parte de este
simulacro inicial, previo al primer encuentro y al comienzo de la interacción.
Este simulacro puede ser verificado, o reformulado, para adaptarse a la
figuratividad y performance reales del docente. Un simulacro recurrente sobre el alumno Fabbri expone un simulacro que es recurrente, desde la perspectiva del profesor,
en la interacción educativa: “(…) el pedagogo no podría presuponer en el receptor una competencia receptiva
constante. Tal como es construido en el discurso del enseñante, el enseñado
aparece, por el contrario, como un sujeto desprovisto del poder, del querer, del
saber y del deber receptivos. El discurso didáctico va, pues, a utilizar toda
una panoplia de actos ilocutorios y de maniobras semióticas (provocaciones,
seducciones, etc.), intentando (re)-construir esta competencia amenazada
permanentemente. En una palabra, el contrato de transmisión, supuestamente
frágil, debe ser constantemente reactivado con la ayuda de procedimientos de
captación (despertar la atención, solicitar la curiosidad del auditorio, etc.)”
(Fabbri 1979: 30) Fabbri considera que este es un simulacro generalizable a la actividad del
maestro. Apunta que las maniobras didácticas son estrategias narrativas (que
provoquen y seduzcan), pasionales (que busquen la curiosidad del auditorio), y
figurativas y sensibles (cambios en el tono de voz, movimientos bruscos, gestos
inesperados), también denominadas como “despliegue escénico”. Algunos aspectos
de este ejercicio histriónico y del “hacer” pedagógico del docente son
desagregados líneas abajo. En suma, estas estrategias didácticas (manipulatorias) del docente se realizan
sobre la base de una representación, que es la de la fragilidad de la atención y
la disposición a aprender del alumno. De forma recíproca, el estudiante puede
simular que atiende (“hacer-creer- atender”), presentando así un simulacro al
docente. Este “atender” se manifiesta figurativamente en “observar” y “escuchar”
aún cuando su atención se encuentre en otra parte. Este juego de simulaciones,
presentadas de ida y sostenidas de vuelta, representan una cierta equidad en la
interacción profesor-alumno, pues ambos realizan e interpretan simulacros. La Sanción Didáctica En la Semiótica Narrativa, la sanción corresponde a la retribución que otorga un
destinador en función de la performance realizada: la recompensa o el castigo.
Esta performance es evaluada de acuerdo a un contrato (entre manipulador y
manipulado). Si bien la
recompensa y el castigo aluden a un aspecto práctico (sanción pragmática), es
necesario
fundarlas en un ejercicio cognoscitivo. La sanción cognoscitiva, en cambio21, es
un juicio
(sobre el destinatario), una modalización del “creer” sobre el “ser” del
destinatario. Por ello, se tiene un “creer-ser” (un simulacro sobre el educando) formulado
como juicio y sanción cognoscitiva, y un “creer-ser-hacer” (sobre su performance)
en el mismo curso. En base a la performance del alumno a lo largo del proceso educativo (los actos
programados), el docente evalúa, juzgando cada acto con un juicio
“creer-hacer-bien” o “creer-hacer-mal” (y los matices intermedios). Sobre la
sintagmatización de estos actos (del alumno), y los juicios del docente, es que
se construye un “creer-ser” sobre el educando. El profesor opera el ejercicio
del “creer” (una interpretación) sobre las acciones de los estudiantes (performance)
para desarrollar un juicio epistémico de cada uno de ellos (el “creer” se
convierte luego en un “saber-ser” sobre el educando). A lo largo del proceso
educativo, este “creer-ser” se modifica o ratifica conforme a sus actos,
influyendo, a su vez, en el juicio sobre estos (sintagmáticamente posterior) que
realice el alumno. En conclusión, al inicio de un curso, los alumnos son “sospechosos” para el
docente: es decir, son sujetos de un simulacro asignado por él, ejercido sobre
el “parecer” inicial de estos. Ergo, se asignan inicialmente “sospechas” (“aquel
parece buen alumno”, “ese otro parece flojo”, “ese parece inteligente”, etc.)
Tal como se discutiera anteriormente, el profesor postula estos simulacros, que
son verificados o desmentidos de acuerdo a la performance cognoscitiva del
alumno. Límites para la sanción desde el docente La evaluación del docente sobre la actividad del alumno se realiza sobre un
determinado límite cognoscitivo. Recuérdese que (en general), al hablar de la
actividad del educando, se trata de un ejercicio fundamentalmente cognoscitivo.
La carencia a llenar en el estudiante es una de orden del “saber” y es (o se
supone) mensurable22. La sanción tiene como límite su propio contrato fundador.
Así, cuando el docente desarrolla un curso, se plantea una
serie de objetivos pedagógicos a lograr; en otras palabras, saberes precisos a
adquirir por los estudiantes. Las pruebas o exámenes que programa tienen como propósito medir o calcular
saberes específicos en el educando; saberes que son definidos de antemano, de
los que carece al inicio del proceso, y con los cuales debe conjuntarse al final
del mismo. El objetivo pedagógico es la competencia (generalmente cognoscitiva) que el
alumno debe adquirir durante el proceso. Ese es el límite planteado para la
sanción. Se pronuncia un juicio solo sobre el saber adquirido por el alumno.
Ahora bien, esta competencia debe convertirse en performance (en acto) para ser
observada por el docente: “Así pues, un objetivo no es operacional a no ser que
corresponda a una actividad concreta, si define un
’comportamiento observable’: no se trata ya más de competencia, sino de
performance”23. De esta manera, las evaluaciones proporcionan un acto planificado y controlado
por el docente para que el alumno ejercite la competencia adquirida. Prácticamente, todas las performances programadas por el docente son calificadas
sobre una escala numérica en la cual, por ejemplo, la cifra más alta corresponde
a una sanción pragmática de recompensa; es decir, por su cercanía a la
performance óptima preestablecida. Esta calificación se realiza según algún
contrato previo de lo que se considera “buena performance”. De no estar claro
para el docente y el alumno, generará conflicto entre ambos (un desacuerdo sobre
el juicio que representa la nota, y el valor de la performance evaluada). Estas
calificaciones tienen un carácter veredictorio: permiten al
educador acercarse a “saber sobre el ser del saber”24 en el alumno (tomando como
supuesto que el educando rinde “lo mejor que puede”). En base a este tipo de
metasaber (ya que se trata de un “saber – saber”, S2 saber [S1 alumno saber])25,
el docente establece y reconoce al alumno que “sabe” y al que no, lo que invita
inmediatamente al docente a juzgar (sancionar) aquellos estados evaluados. Así,
“el que sabe” es un “buen alumno” y
“el que no sabe” es un “mal alumno”. Este juicio desencadena la sanción
pragmática: la nota o calificación numérica antes descrita. Por supuesto que esta primera aproximación aparece como maniquea. Ya que no se
trata de evaluar la “bondad” o “maldad” morales o éticas sino que los términos
bien y mal son aplicados dentro del ámbito (isotopía) de la eficiencia y
desempeño del alumno en relación a las evaluaciones propuestas por el docente.
La alta eficiencia, y buen desempeño cognoscitivos (generalmente) suponen
necesariamente una nota (numéricamente) alta, y la poca eficiencia o mal
desempeño una nota baja. Puede apreciarse que la sanción sobre el alumno está sujeta a una metodología:
debe tener un “rigor académico”. Está sujeta a la deóntica del proceso
(“deber-ser”) establecida por la institucionalidad del sistema educativo y
social, coerciones que forman parte de la especificidad del contrato pedagógico.
Esta evaluación no debe efectuarse afectivamente (influida pasionalmente), ya
que las sanciones podrían no corresponder al contrato
educativo, atentando contra la objetividad y/o justicia de las calificaciones. A
su vez, el alumno, al recibir la nota, “sanciona” la sanción del docente: evalúa
su justicia, de acuerdo al contrato educativo. En primer lugar, reconoce si es o
no la calificación que, según contrato, le corresponde (actúa como juez de su
performance), se autosanciona, y luego coteja con la sanción de la nota. Según
este cotejo, reconoce al educador como “justo” o “injusto” (sanción
cognoscitiva). Los juicios ejercidos por el docente son diversos. Por ello, se propone un
listado (no exhaustivo) de ejes sobre los que se pueden ejercer sanciones,
algunos sistematizados por la deóntica del sistema educativo, o, en ocasiones,
por la deóntica particular de algún profesor en el ejercicio didáctico
(recuérdese que se trata de “pareceres” desde el docente): Ejes de sanción desde el docente Eje de la competencia temática (relativa a objetivos pedagógicos). Eje de la evaluación de su competencia receptiva (atención o distracción). Eje de la competencia lingüística (uso de lenguaje). Eje de la competencia semántica (saber enciclopédico o universal; cultura
general). Eje de la habilidad intelectiva (rapidez de comprensión). Eje de la creatividad (en la comprensión y uso de los saberes, y en la
resolución de problemas). Eje de la laboriosidad y el esfuerzo. Eje del comportamiento social. Eje afectivo del docente (agrado, desagrado, simpatía o antipatía). Cabe notar que cada eje amerita un estudio cuidadoso. Desde la psicología,
existen pruebas formuladas y validadas para medir cada uno de estos ejes. No
obstante, parece hacer falta una visión holística que integre cada uno de estos
aspectos en un sistema que comprenda las diferentes variables involucradas en
este “sentir” del docente sobre el alumno. Sanciones o juicios por parte del educando Por otro lado, desde el sujeto “protagonista” del proceso educativo (el alumno),
existe también un ejercicio de sanción (del “creer”) sobre el “hacer-hacer” y el
“hacer-creer” del docente. El educando sanciona el “buen o el mal hablar” del
docente (en este caso, su competencia lingüística, por ejemplo), o si es
“aburrido” o “interesante”, como juicio de valor (pragmático, ético, o patémico).
Sobre el “ser” del educador, evalúa (“cree”) su personalidad (“buena gente” o
“poco amable”), ya como juicio cognoscitivo. Todo este
entrecomillado alude, pues, a un recorrido figurativo expandible temáticamente
por varios
ejes, que tienen dos extremos: uno siempre positivo (eufórico) y el otro
negativo (disfórico). De forma general, se resume las características de “buen
profesor” y “mal profesor”. También se incluyen rasgos figurativos, como “no se
entiende lo que dice”, “sus exámenes son fáciles”, “pide muchos trabajos”,
“exige mucho” e, incluso, “cree que su curso es el único que existe”, aludiendo
a un exceso en sus exigencias didácticas. La sanción del alumno no solo depende de la performance receptiva del discurso
del docente. Depende también del simulacro que se haya forjado el educando del
educador, de las atribuciones factitivas, modales, sensibles y patémicas
(emocionales) en su representación. En otras palabras, el alumno espera una
competencia por parte del profesor, tanto a nivel cognoscitivo como a los
aspectos más sensibles y primarios (su timbre de voz, su entonación, apariencia
física, su gestualidad, etc.). A partir de estas expectativas, el alumno
contrasta con el “ser” (modalizaciones calificativas) del docente y con el
“hacer ser” (la ejecución de la “cátedra”), generando un juicio (sanción) en los
diferentes ejes de su presencia y de su performance. Puede afirmarse que la sanción del docente está controlada por una sintaxis
deóntica del proceso, mientras que del educando se encuentra “libre”, no sujeta
a esta, aunque sí a una particular: la de sus propias axiologías e ideologías,
sobre las que se fundan sus juicios éticos. Los juicios ejercidos por el alumno son diversos. Por ello, se propone, como en
el caso anterior, un listado de ejes de sanción: Ejes de sanción desde el alumno Eje del dominio temático. Eje del ejercicio evaluatorio (cómo califica el profesor). Eje metodológico (la programación de temas, objetivos y evaluaciones). Eje de la exigencia (qué tan exigente o no es el profesor). Eje de la claridad expositiva (modo de explicar un tema y hacerlo
comprensible). Eje de la animación (“entretenido” o “aburrido”). Eje del comportamiento social. Eje afectivo desde el docente (agrado, desagrado, simpatía o antipatía). Sanciones de lo sensible Las innovaciones en la semiótica discursiva, realizadas en los noventa,
expandieron el estudio semiótico al de las pasiones y sensorialidades en el
discurso26. Bajo esa premisa, es necesario repensar la manipulación y la sanción
como fundadas en sensaciones de los protagonistas de la interacción educativa.
Se proponen, por ello, algunos campos en la sensibilidad de esta interacción a
modo de listado no acabado y aún por trabajar. Servirá
para poner en evidencia la urgencia de perseguir esta línea de investigación.
Por su presencia en el ámbito del salón de clases, se desarrollan los ejes con
un enfoque desde el alumno que observa la performance del docente. Eje de la entonación (y el timbre de voz) La voz tiene varios matices que la modulan en tanto presencia. Uno de estos es
el timbre de voz; en otras palabras, la sonoridad propia y única de aquel que
habla. Así, se tienen voces agudas, graves, duras, secas, dulces, ásperas,
suaves, opacas, brillantes, nasales, quebradas, enérgicas, etc. Cabe aclarar que
el timbre de voz es un matiz que, generalmente, no es modulado concientemente
por el profesor; más bien, es una propiedad “natural” de su corporeidad
manifiesta (aunque, eventualmente, algunos docentes modulan su timbre con
propósitos didácticos). De alguna manera, se proponen intuitivamente ejes
sensibles: agudo-grave, áspero-suave, opaco-brillante, quebrado-enérgico; estos
suponen una continuidad de matices intermedios. La entonación, a diferencia del timbre, es un matiz que, habitualmente, es más
controlado por el docente. Pueden identificarse, al menos, dos aspectos en la
entonación: el ritmo y la altura. El ritmo es la rapidez o lentitud al hablar:
este aspecto vocal afecta directamente la presencia del objeto de saber (su
extensión discursiva, por ejemplo). La otra variable, la altura, es la fuerza de
la voz; es decir, el volumen (incluso mensurable en decibeles). Estos matices
son también susceptibles de proponer en ejes continuos, desde “hablar rápido”
hasta “hablar lento”, y desde “gritar” hasta “susurrar”. Eje de la gestualidad (movimiento corporal:, manos, rostro, mirada) La gestualidad, en general, puede organizarse en función a su “saturación” o a
su “insuficiencia”. Es decir, si se produce demasiada gestualidad del docente
(tanta que se vuelve un estorbo en la comunicación), o “muy poca” (incluso un
locutor de noticias parpadea y mueve el rostro). El movimiento es parte
inevitable de la configuración corporal (de ahí que el cuerpo inerte e inmóvil
se asocie a lo muerto o inanimado). El
movimiento también está marcado por un ritmo, o, más bien, por un paso ligero o
pausado. Este, probablemente acompañe el ritmo antes señalado para la voz. Cabe anotar que muchos de estos aspectos perceptivos corresponden estrictamente
al plano de la expresión (significantes). Como tales, son transparentes para
llevar contenidos (significados). En la medida en que se tornan ambiguos, opacan
los contenidos y se vuelven ilegibles. Otro rasgo importante en la gestualidad del docente es la mirada: “La mirada señala un lugar, una posición; a partir de ahí, el espacio se
distribuye en un orden de preferencias y de exclusiones: el espacio se hace
político. Hay una mirada directamente relacionada con el orden, es la mirada
focal que dirige el entrenamiento de los cuerpos (quien habla, quien actúa) y
los centraliza en torno a una figura de poder (todas las miradas confluyen en
aquel que detenta el uso de la palabra)” (Tarín 1985: 11) Es importante señalar que esta toma de posición se marca, entre otras cosas, por
la mirada. También interviene, sin embargo, el conjunto entero de la gestualidad;
es decir, todo el cuerpo es el teatro de operaciones de una serie de posturas
asignadas previamente, como parte de una deóntica (implícita) de la presencia
del docente en el aula. En ese sentido: “(...) el gesto opera como figura en la relación comunicativa: alguien entra en
el aula, se sitúa en un lugar previamente asignado y compone un gesto. El
emplazamiento, la composición y el catálogo de posibilidades en la dirección de
la mirada y la voz señalan la figura de un sujeto que focaliza la atención del
grupo. El gesto representa un saber y su circulación, pero más allá de su
teatralidad, no hay sino un código que nos informa de su carácter inevitable, de
su condición de máscara” (Tarín 1985: 10) De esta forma, la voz, la mirada, el movimiento, y la gestualidad
en general parecen también caer dentro de cierta regulación, no siempre
explícita o puesta en evidencia, sino más bien subtendida por la presencia de
los estudiantes frente al docente27. Eje de la apariencia física La apariencia tiene que ver con los rasgos físicos y con la vestimenta. Estos
códigos tienen una complejidad que escapa a la reflexión del presente ensayo.
Cabe notar que estos códigos no solo son de orden cultural, sino incluso
idiolectal,, por sus límites y variaciones en las diversas regiones y grupos
humanos: se pueden observar variaciones en el vestir no solo de una universidad
a otra, sino, incluso, de una facultad a otra en una misma universidad. Es
evidente que, si el docente o el alumno contravienen “las buenas costumbres y
los buenos usos” en el vestir, afecta y debilita la construcción de un ser
sujeto de credibilidad; por ende, de un “saber” verosímil. De forma contraria,
si el uso de vestimenta, así como los rasgos físicos, encajan en parámetros
aceptables, el “saber” y el docente no verán mermado el capital del “creer”. Ejes afectivos La afectividad básica es una inclinación positiva o negativa en la relación con
un objeto (de “saber”, en el caso educativo): la euforia o disforia ante el
objeto o sujeto que se tiene delante. La afectividad básica está dada por esta inclinación. Son muchos los factores
que influyen en este “gusto” o “disgusto”, “placer” o “displacer”. Es posible
que un simple rasgo del otro sujeto origine la disforia hacia él. Un alumno
puede sentir que un docente “le cae bien” por su timbre de voz o su gestualidad;
también puede “caerle mal” por cómo se expresa o cómo maneja la clase. No obstante, estos son solo algunos elementos sensibles que intervienen en el
afecto. La forización de lo otro es también afectada por la intersubjetividad;
es decir, que las sanciones y juicios formados sobre el docente, así como sus
performances, influyen (y, en ocasiones, regulan) esta afectividad elemental en
la captación del otro. Eje del “trato” al alumno En general, por “trato” se entiende el modo en que se produce la relación
intersubjetiva entre profesor y alumno. Este estilo de relación puede ir, por
ejemplo, desde “hostil”, “cortante” y “áspero” hasta “amigable” “afectuoso” y
“paternal”. Es el “aroma” (parafraseando a Greimas y Fontanille) de una
combinación de simulacros modales, del ejercicio de las afectividades por medio
de la gestualidad, de las variaciones en el uso de la
voz, e, incluso, de las sensaciones captadas por la apariencia física del
docente. Por ello, este “trato” es parte del intercambio subjetivo de simulacros,
performances y sanciones. Así, cuando el docente reprueba a un alumno, puede
hacerlo de un modo áspero u hostil, o de una forma amigable, afectuosa o
paternal. El alumno negativamente sancionado siente de modo distinto, a nivel
afectivo y emocional, la sanción que realiza el docente sobre su performance. En este universo de modos en la intersubjetividad, el alumno puede dar
expresiones como “tiene razón, mi examen está mal, pero no tiene por qué hacerme
sentir como un inútil” o “a pesar de estar reprobado, me trató bien y me dio
ánimo para el próximo examen”. Estas expresiones aluden a sanciones negativas en
el nivel de performance cognoscitiva, pero con dos tratos diferenciados. Este “sentir” que “hace”, producido por el docente en el alumno, es general y
amplio: no se limita a alguno de los sentidos y, más bien, se vincula a una
afectividad proyectada por medio de voces, miradas y gestos. Efectos sensibles y pasionales Como puede apreciarse, en base a la lista previa, las sanciones entre profesor y
alumno tienen inevitables ribetes sensibles; muchas veces, son totalmente
afectivos y pasionales. Es decir, cualquier conducta del profesor (desde un
saludo “seco”, hasta una mirada “agresiva” o “tierna”) es percibida y sentida
por los alumnos. En consecuencia, producen efectos pasionales en el estudiante. Cabe señalar que la semiótica ofrece también algunos parámetros para la
interpretación y análisis de las pasiones; particularmente, en torno a su
recorrido y a las variables tensivas que pueden servir para medir el componente
pasional educativo. El esquema tensivo, propuesto por Fontanille y Zilberberg28, es de particular
utilidad para estudiar algunas variables de las pasiones: Este esquema pone en relación dos aspectos de cualquier pasión: un aspecto
cualitativo (la intensidad) y otro cuantitativo (la extensidad). Es decir, por
un lado, un individuo puede sentir una pasión con determinada intensidad,
variable según cada uno. Por el otro, cada pasión tiene un aspecto de extensidad,
que puede ser (así lo propone la semiótica) tiempo, espacio o cualquier otro
aspecto mensurable. Volviendo al ejemplo de la “mirada agresiva” del docente, el
nivel de agresividad sería la intensidad; si se repite en reiteradas ocasiones,
se aprecia la extensidad. En el mismo ejemplo, puede analizarse el resentimiento
correlativo que siente el estudiante como respuesta. Nótese el énfasis puesto en
el análisis tensivo, en quién es el individuo que “siente” algo; en este
ejemplo, que el estudiante perciba agresividad debido a una o varias miradas, no
significa que el docente “sea” realmente agresivo. Lo importante es el enfoque
de las pasiones en cuestión. La única forma de realizar un análisis tensivo (semiótico) de las pasiones, es a
través de entrevistas con individuos involucrados en un proceso didáctico. De
este modo, se logra un análisis semiótico de los relatos vertidos en dichas
conversaciones. Si bien no es un modo directo de aproximación al proceso
pedagógico, es tan válido como cualquier otro instrumento para el estudio de
procesos de interacción comunicativa y social. Claro está, la entrevista no es
muy útil cuando el entrevistado tiene pocas habilidades narrativas, como en el
caso de niños o alumnos menores. Perspectivas La semiótica discursiva tiene un importante “grano de arena” que poner en la
reflexión sobre el discurso didáctico. Aquí solo se ha esbozado un proyecto que,
se espera, pueda entusiasmar mayores profundizaciones, así como fructíferas
cooperaciones con otras disciplinas. Se considera, además, que resulta vital
investigar el espacio de un salón de Como ha podido apreciarse, la Semiótica Narrativa puede aportar tanto
instrumentos de análisis como pautas de integración de diversas perspectivas en
el estudio del proceso de interacción profesor-alumno. En tal sentido, la
investigación y el análisis semiótico es una necesidad en el campo de las
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educativo5.
18 El cuadro de la veridicción es un cuadro semiótico, que lleva en sus
esquinas, respectivamente, el SER opuesto al PARECER en el lado superior, y el
NO PARECER opuesto al NO SER en el lado inferior. Este cuadro pone en evidencia
la lógica y la relación entre aquello que ES y aquello que PARECE, y cómo se
combinan en relación a un mismo objeto o sujeto.
clases y las relaciones dadas en el fenómeno educativo.
Editorial Gredos.
1991 Semiótica. Diccionario razonado de la teoría del lenguaje. Tomo II. Madrid,
Editorial Gredos.
Cultura Económica.