Los indisciplinados
LA IMAGEN COMO VECTOR DE PENSAMIENTO EN LA FOTOGRAFÍA ARTÍSTICA LIMEÑA EN LA DÉCADA DE 1990
The undisciplined. The image as a vector of thought in Lima's artistic photography in the 1990s
Alejandro León Cannock
https://orcid.org/0000-0002-4333-2000
Fotógrafo e investigador.
Doctorando en Práctica y Teoría de la Creación Artística y Literaria en
la Escuela Nacional Superior de Fotografía en Arles y en la Universidad
de Aix-Marsella, Francia. cannock@gmail.com
FOT. Nro. 5. Julio de 2021. ISSN: 2709-0507. V. 4 - n.° 5. pág. 38 - 53.
Recibido: 23 de mayo de 2021 / Aceptado: 17 de junio de 2021.
Palabras clave: Fotografía peruana
contemporánea, generación del noventa, Roberto Huarcaya, Flavia
Gandolfo, Luz María Bedoya, Milagros de la Torre, Juan Enrique Bedoya
Key words: Contemporary Peruvian
photography, 90s generation, Roberto Huarcaya, Flavia Gandolfo, Luz
María Bedoya, Milagros de la Torre, Juan Enrique Bedoya
RESUMEN
El presente texto plantea como
hipótesis que la generación de fotógrafos que trabajó en el campo
artístico en el Perú de los años noventa se caracterizó por un doble
movimiento crítico. Por el lado crítico-deconstructivo, deslindó la
práctica fotográfica de los princi- pios del modernismo americano que
los fundadores de la "Secuencia Foto Galería" habían importado y
adaptado al contexto peruano (limeño) hacia fines de los setenta. Por
el lado crítico-constructivo, expandió los límites de la práctica
fotográfica abandonando la prima- cía de la autonomía de la imagen y
priorizando la construcción de dispositivos estéticos visuales. Así, a
través del análisis de cinco casos —Roberto Huarcaya, Flavia Gandolfo,
Luz María Bedoya, Milagros de la Torre y Juan Enrique Bedoya— este
ensayo muestra la formación de un campo fotográfico artístico en el que
la fotografía no opera como representación de la realidad sino como su
problematización. Es decir, como vector de pensamiento.
ABSTRACT
The hypothesis of the present text
suggests that the generation of photographers who worked in the
artistic field in Peru in the 1990s was characterized by a double
critical movement. On the critical-de- constructive side, separated the
photographic practice from the principles of American modernism that
the founders of the Photo Gallery Sequence had imported and adapted to
the Peruvian context (Lima) towards the end of the 70's. On the
critical-constructive side, expanded the limits of photographic
practice, leaving the primacy of the autonomy of the image and
prioritizing the construction of visual aesthetic devices. Thus,
through the analysis of five cases —Roberto Huarcaya, Flavia Gandolfo,
Luz María Bedoya, Milagros de la Torre and Juan Enrique Bedoya— this
essay shows the formation of an artistic photographic field in which
photography does not operate as a representation of the reality but as
its problematization. That is, as a vector of thought.
INTRODUCCIÓN. TRES “ENTRADAS EN ARTE” PARA LA FOTOGRAFÍA
01. A diferencia
de lo que ocurre con la pintura o la escultura, el reconocimiento
univer- sal del carácter artístico de la imagen fotográfica es un hecho
histórico reciente. Como afirma Rouillé (2005, p. 31), el aparato
fotográfico nace como una herramienta destinada a la produc- ción de
representaciones técnicas útiles para diversos fines (científicos,
sociales, políticos y también artísticos), pero que no tienen un valor
artístico intrínseco. Recordemos la forma lapida- ria en que, en su
famosa crítica para el Salón de 1859, Baudelaire (1996) le negó a la
fotografía el ingreso al ámbito del arte por tratarse de una máquina
que solo era capaz de reproducir la apariencia de la naturaleza, por
tanto, que estaba desconectada de las auténticas fuentes de la
creación: la sensibilidad y la imaginación. Por ello, su rol debía
quedar muy claro: ser la “sirvienta de las artes y de las ciencias” (p.
233).
02. A pesar de
este origen instrumental subordinado, la imagen fotográfica pretendió,
desde sus primeros días, ser considerada también como una obra de arte.
Esta es una historia muy conocida sobre la que no vamos a volver
ahora1. Solo nos interesa señalar que el “devenir artístico” de la
fotografía no ha segui- do un único camino. Los esfuerzos realizados a
largo de estos casi 200 años han estado deter- minados por las
modificaciones en los criterios demarcatorios que definen lo que es
arte y lo que no. Pues, como han señalado múltiples autores (Danto,
1999; Belting, 1987; Smith, 2012; Kuspit, 2006) el arte no posee una
esencia eterna e inmutable. Por tanto, para comprender las diversas
“entradas en arte” de la fotografía es necesario tener en cuenta las
condiciones de “artisticidad” dominantes en los distintos paradigmas
que existen en la Historia del arte (Heinich, 2014, pp. 30-38).
Siguiendo esta lógica, se puede afirmar que han existido tres “entradas
en arte” principales en la Historia de la fotografía: i) el movimiento
pictorialista fundado durante las últimas décadas del siglo XIX (para-
digma clásico / heteronomía del medio); ii) las vanguardias modernistas
establecidas en la primera mitad del siglo XX (paradigma moder- no /
autonomía del medio); y iii) las prácticas artísticas posteriores a los
años 60 (paradigma contemporáneo / pluralismo post-medial).
03. De forma
equivalente, en la Historia de la fotografía peruana se pueden
determinar tres momentos en los que se desarrolla de forma consciente
una práctica fotográfica con pretensiones artísticas. En primer lugar,
durante las décadas inaugurales del siglo XX se instaló en la región
sur andina del Perú (en Arequipa y Cusco) un movimiento fotográfico que
siguió los parámetros estilísticos de la fotografía de salón y del
pictorialismo. Sus representantes más destacados fueron los Hermanos
Vargas y los fotógrafos de la “escuela cusqueña”, entre los que
destacaron Juan Manuel Figueroa Aznar y, especialmente, Martin Chambi
(Majluf y Villacorta, 1997, pp. 16-17; y, Cruz, del Valle, Hernández
Calvo y Ramos, 2014, p. 98). En segundo lugar, entre los años 1960 y
1990 se formó una tradición de fotografía limeña que se inauguró a
inicios de los años 60 con la presencia activa en la capital de
fotógrafos como José Casals, Baldomero Pestana y Carlos “chino”
Domínguez, pero que obtuvo su punto más alto de autoconciencia y
reconocimiento artístico gracias a Billy Hare y Fernando La Rosa,
fundador este último de la primera galería dedi- cada a la fotografía
en el Perú: Secuencia Foto Galería (1977-1980)2. Ambos fueron herederos
de los principios estéticos del tardo-modernis- mo místico de los
fotógrafos estadounidenses Minor White y Aaron Siskind (Majluf y
Villacorta, 1997, pp. 17-19; y, Cruz, del Valle, Hernández Calvo y
Ramos, 2014, p. 290)3.
04. La tercera
“entrada en arte” se da nuevamente en Lima a inicios de los años 90 –
sin duda una consecuencia más del centralismo que reinó en el país
durante la segunda mitad del siglo XX–. Esta estuvo comandada por un
grupo de fotógrafos que, influenciados por los cambios en el terreno de
la fotografía y del arte a nivel global (posmodernismo, tecnologías
digitales, giro icónico, mercantilización, etc.) y por la redefinición
de las artes visuales en el Perú –debido a los cambios sociales que
resul- taron de la superación de los años de guerra interna y al nuevo
contexto geopolítico en el que el país se insertó (Quijano, 2002; y,
Del Valle y Villacorta, 1999)– , decidieron romper con el canon
propuesto por el modernismo de Secuencia (Villacorta y Hernández Calvo,
2002, p. 114; Majluf, 2006, p. 19; y, Villacorta y Trivelli, 2014). Con
el objetivo de cartografiar las estrategias estéticas y conceptuales de
esta nueva generación de “indisciplinados”, en las siguientes páginas
nos focalizaremos en el trabajo de cinco de sus representantes más
emblemáticos: Juan Enrique Bedoya, Roberto Huarcaya, Milagros de la
Torre, Luz María Bedoya y Flavia Gandolfo4. Sin embargo, antes de ello
es necesario presentar el escenario en el que desarrollaron su
actividad. Nuestra hipó- tesis, al igual que lo afirma Lerner (2020, p.
11), es que hacia fines de los años 80 y a lo largo de toda la década
del 90, el territorio de la foto- grafía artística limeña atravesó dos
fenómenos importantes: su formalización y su expansión.
1. NOTAS SOBRE LA CONSOLIDACIÓN DEL TERRITORIO DE LA FOTOGRAFÍA ARTÍSTI- CA LIMEÑA EN LOS AÑOS 90
La formalización institucional
05. La
formalización refiere a la paulatina constitución de un territorio
institucionalizado para la fotografía y, especialmente, para sus usos
artísticos. Como han señalado Majluf y Villacorta (1997, p. 15), y
López (2020, p. 19), el nacimiento del Consejo Nacional de Fotografía y
del Instituto de Fotografía Artística entre los años 1988 y 1990
representó un intento impor- tante de institucionalización de la
fotografía peruana. Prolongando el argumento de estos autores, y a
pesar de la prudente posición de investigadores como Zevallos Trigoso
(pp. 11-12) quien, también apoyándose en Majluf y Villacorta (1997), y
en Hernández Calvo y Villacorta (2002), afirma que se debe hablar de un
campo “quizá en estructuración” (p. 12), sostendremos que la creación
de ambas institu- ciones (CNF y IFA) significó el fin del periodo de
formación de la tradición de la fotografía limeña (1960-1990) y, con
ello, el inicio de su etapa de consolidación (1990-2010).
06. Este
afianzamiento se efectuó gracias en la realización de eventos
institucionales importantes: la creación de los ya mencionados CNF e
IFA; la realización del Primer Coloquio Peruano de Fotografía
(Universidad de Lima, 1989)5; la organización de la exposición
colectiva Fotografía peruana actual (1989); la publicación de las
revistas Taxi foto (1995) y Portafolio. La revista de la imagen (1992);
la creación del área de fotografía en el Instituto Antonio Gaudí
(1993), dirigida por Billy Hare, Roberto Huarcaya y José Antonio
Ramos6; la realización de la exposición Documentos: Tres décadas de la
fotografía en el Perú (1960-1990) (Museo de Arte de Lima, 1997); la
exhibición retrospectiva Billy Hare. Fotografías (Fundación Telefónica,
1997). En este resumen se debe incluir la participación de la
fotografía en las Bienales Iberoamericanas de Lima (1997, 1999 y
2002)7, en la VI Bienal de La Habana (1997), y en dos exposiciones
internacionales que abren y cierran dicha década, marcando un cambio
generacional y estilístico importante: The Peruvians (Universidad
Harding-Simmons, Estados Unidos, 1989) y Especies de Espacios:
Extensiones y Metáforas de la Fotografía Contemporánea en Perú
(PhotoEspaña, 1999)8.
07. La
institucionalización de la fotografía limeña en la década de 1990 se
concretiza, entonces, gracias al reforzamiento de un conjunto de
elementos estructurales. (i) Los referentes. A la figura mundialmente
recono- cida de Martín Chambi se sumaron, gracias a su trabajo autoral
y a su actividad pedagógica, Billy Hare y Fernando La Rosa. (ii) La
educación. En las sociedades modernas el proceso de transmisión de
conocimientos se realiza a través de la educación. Antes de la creación
del área de fotografía del Instituto Gaudí, no existía un espacio
formal dedicado a la investigación, a la enseñanza y a la difusión de
la fotografía desde una perspectiva técnica, estética, teórica e histó-
rica. (iii) El museo. Como señala Heinich (2014, pp. 210-231) la
entrada al museo constituye el punto más alto en la escala de
legitimación en el mundo del arte pues implica ingresar en la Historia.
En tal sentido, el papel jugado por el MALI no solo terminó de
legitimar, como afirma Majluf (2006, p. 10), la existencia de una
historia propia para la fotografía peruana ante los profe- sionales,
sino también frente al gran público y a los coleccionistas. (iv) La
investigación. Este es uno de los aspectos más débiles de la tradición
artística en el Perú. No obstante, los números de la revista Taxi foto
y Portafolio, sumados a la imprescindible investigación presentada en
el catálogo de la exposición Documentos, impul- saron la reflexión
sobre el medio fotográfico9.
(v) La comunidad. Se puede afirmar,
entonces, que durante los años 90 se afianzo, ad-portas del siglo XXI,
el proceso por el que se había buscado crear una tradición de
fotografía peruana conectando los años dorados de la fotografía sur
andina de la primera mitad del siglo XX con la fotografía modernista
limeña de la segunda mitad. A pesar del carácter “discon- tinuo” de
dicha tradición (Majluf y Villacorta, 1997, p. 31), es innegable que en
aquel contex- to se formó un territorio de fotografía artística
suficientemente estable como para permitir la emergencia de una
generación de fotógrafos completamente renovada.
La expansión ontológica
08. Este proceso
de formalización no implicó la imposición de un canon fotográ- fico,
sino más bien el reconocimiento de su carácter plural (Bedoya, 2014,
s/p). La consoli- dación institucional creó las condiciones para el
encuentro entre fotógrafos con intereses diversos, para las discusiones
públicas, para el intercambio de experiencias, para la creación
colectiva, para la experimentación, etc. Estas dinámicas muestran que
el campo fotográfico, lejos de cerrarse sobre sí mismo dogmática- mente
para defender un estilo o una escuela, empezó a expandirse (Baker,
2005) explorando creativamente las diversas posibilidades que el medio
ofrecía. En tal sentido, la generación
de fotógrafos que emerge en los
años 90 no se identifica con las prácticas modernistas de sus
predecesores y se plantea como objetivo, para decirlo en términos de
Deleuze y Guattari (1978, p. 31), crear una lengua revolucionaria
(fotográfica) al interior de la lengua dominante. Estos dialectos
heréticos incorporaron, como afirma López, “formas hibridas y géneros
bastar- dos” (2020, p. 20) contribuyendo, en medio del proceso de
institucionalización de la fotografía artística, también con su
expansión, como han señalado Villacorta y Hernández Calvo (2002, pp.
116-117)10. Por ello, dicha formalización no debe confundirse con un
proceso de disci- plinamiento sino, aunque parezca paradójico, de
“indisciplinamiento”11.
09. Para intentar
comprender el carácter indisciplinado de estos fotógrafos nos gustaría
señalar un aspecto que consideramos que tiene un peso más importante
del que se le suele atri- buir: su educación. Sus primeros aprendizajes
fotográficos fueron autodidactas o en talleres informales. Esta
precariedad educativa promo- vió la experimentación y evitó la
formación de una escuela dogmática. Al mismo tiempo, los impulsó a
buscar estudios en el exterior. Flavia Gandolfo estudió fotografía en
la Universidad de Houston (Texas, Estados Unidos); Luz María Bedoya se
formó en la New England School of Photography y en el School of the
Museum of Fine Arts (Boston, Estados Unidos); Roberto Huarcaya, estudió
cine y fotografía en el Instituto Italiano de Cultura y Fotografía en
el Centro del Video y la Imagen (Madrid, España); Milagros de la Torre
hizo un Bachillerato en el London College of Printing (Londres,
Inglaterra). Juan Enrique Bedoya no realizó estudios de fotogra- fía en
el extranjero, pero tuvo la oportunidad de pasar una larga estancia en
Estados Unidos (1993-1994) gracias al International Fellowship Program,
Mid America Arts Alliance (M.A.A.A.) del National Endowment for the
Arts. Esto les permitió educarse visualmente en contextos en los que el
modernismo había declinado y donde se había instalado, al menos desde
fines de los 70, una visión postmoderna del arte y de la imagen.
Bebieron, entonces, de una concepción del mundo que –parafraseando el
título del célebre ensayo de Sekula (2004)– había “desmantelado la
modernidad”12. Esta referencia biográfica no es anecdótica pues nos
permite constatar que estos fotógrafos apren- dieron a usar y a pensar
la imagen fotográfica ya no como un fin en sí mismo, como un medio
autónomo a respetar –ya sea para representar el mundo exterior
(variante documental) o para expresar el mundo interior del artista
(variante estética)13–, sino como un instrumento creativo –un medio y
material como la pintura, el video, el sonido– capaz de problematizar
críticamente alguna dimensión de la realidad. Estos viajes de formación
les permitieron tener, como afir- man Gandolfo (2018), Bedoya (2018) y
De la Torre (2020), una comprensión experimental y conceptual de la
fotografía14.
10. Pero hay un
aspecto que es, incluso, tal vez más relevante. Antes de educarse foto-
gráficamente, todos tuvieron una formación disciplinaria universitaria
no artística. Huarcaya estudió psicología; Luz María Bedoya, Literatura
y lingüística; Gandolfo, Historia; De la Torre, Ciencias de la
comunicación; y, Juan Enrique Bedoya, Derecho. Mi hipótesis es que esta
exterioridad académica les permitió no tener el mismo respeto que un
fotógrafo de formación (o de profesión) tiene hacia la fotografía.
Pero, principalmente, los llevó a ver en la fotografía algo más que un
simple medio técnico de repre- sentación del mundo. La fotografía se
afirmaba como un lenguaje tan legítimo como el verbal para pensar la
realidad. Por ello, el hecho de provenir de disciplinas universitarias
en las que se promueve la investigación, la producción y la difusión de
conocimiento, permitió que estos fotógrafos incorporen en su práctica
artística una dimensión crítica esencial.
11. La
consecuencia directa que se desprende de este contexto formativo es,
como ya sugerimos, la ruptura con el canon modernis- ta de la
fotografía limeña. Los proyectos de esta nueva generación no son
autorreferenciales y no tienen, por tanto, ni como temática a la forma
de lo fotográfico ni como objetivo a la expresión de la subjetividad.
No usan la fotografía para traducir en formas visuales la experiencia
del fotógrafo. Pero este rechazo no los hace reple- garse sobre la
orilla opuesta al formalismo: el documental. Su ruptura también se
efectuó contra el trabajo de los fotorreporteros y de los
documentalistas que, en el mismo periodo, pero alejados de
preocupaciones estéticas formalis- tas, siguieron los ideales de la
modernidad del humanismo fotográfico (Henri Cartier-Bresson y
compañía)15. Así, si bien sus obras abordan problemáticas inherentes a
la existencia social del ser humano, no lo hacen siguiendo los códigos
estéticos y éticos del fotógrafo como “testigo de la historia”. Así,
esta matriz indiscipli- nada los llevó a desarrollar prácticas
fotográfi- cas artísticas que, aunque muy diferentes entre ellas (tanto
estética como conceptualmente), comparten una forma de entender la
fotografía que vamos a calificar, siguiendo a Rancière (2010, pp.
105-128), como pensativa.
2.
LA GENERACIÓN DE LOS “INDISCIPLI- NADOS”: ROBERTO HUARCAYA, FLAVIA
GANDOLFO, MILAGROS DE LA TORRE, LUZ MARÍA BEDOYA Y JUAN ENRIQUE BEDOYA
12. El objetivo
de esta sección no es realizar un examen detallado de los fotógrafos de
esta generación –lo que requeriría estudios particulares
pormenorizados–, sino establecer algunos factores comunes que hacen de
ellos representantes de una misma forma de enten- der (epistemología) y
de usar (performatividad) la imagen fotográfica. Para ello, señalaremos
qué problemáticas han explorado, y qué estrategias plásticas y
conceptuales han usado para abordarlas. Repasaremos sus 30 años de
producción, pero enfatizando la década de 1990, cuando afirman una
forma singular de usar la fotografía.
Roberto Huarcaya: en los límites de la condición humana
13. A pesar de su
heterogeneidad temá- tica y formal, se puede afirmar que la obra de
Huarcaya, como él mismos lo afirma (2018), tiene como problema central
la exploración de los márgenes o de los “límites”. Sus proyectos
parecen mostrarnos una visión binaria de la existencia al poner en
tensión términos como sueño/vigilia, consciente/inconsciente, vida/
muerte, fotografía/pintura, nacimiento/deceso, presente/pasado,
figurativo/abstracto, rique- za/pobreza, imagen/texto, recto/verso,
loco/ cuerdo, etc. Sin embargo, lo que le interesa a Huarcaya es
señalar lo que ocurre entre los opuestos. El “espacio intermedio”, como
afirma en una entrevista (2020, p. 6). Así, intenta llevarnos hacia
esos límites trascendentales en los que el “lado B” de la existencia se
topa con el “A”, pero de tal manera que la distinción rígida entre
ambos se pone en cuestión. De esta forma, sus obras problematizan
diversas mane- ras en que el ser humano, siempre atravesando fronteras
y habitando umbrales, enfrenta su condición pasajera, escindida,
finita, su ser-en- el-mundo (Heidegger, 1993, pp. 53-63). Su obra es
una reflexión visual sobre la condición tran- sitoria, fluida,
procesual y, por tanto, pasajera, efímera, fugaz, del ser humano. La
existencia, en el lenguaje de Deleuze y Guattari (2002), como proceso
de re/desterritorialización cons- tante. En sus primeras series
–notablemente en Deseos, temores y divanes (1990) y La nave del olvido
(1994)– se observa una preocupación por los aspectos psicológicos de la
experien- cia humana, sin duda debido a su formación como psicólogo. En
estas dos series alegóricas, empleando potencias opuestas del
dispositivo fotográfico como la puesta en escena y el regis- tro
indicial, explora ese límite, o puente, que separa y conecta al mismo
tiempo el ámbito de la razón y el del delirio, el de lo normal y el de
lo anormal. Esta inquietud se reafirma en los proyectos más ambiciosos
que Huarcaya desarrolla en la segunda mitad de los 90, en los que se
consagra a reflexionar sobre el fenó- meno de la vida y sus relaciones
con la muerte: Continuum (1994), Nacimiento-muerte (1994) y El retorno
del olvido (1997). Todos estos proyec- tos son “una exploración sobre
las periferias de la vida”, como lo escribió Castro (2007, p. 41).
14. Huarcaya ha
recurrido a diversas estra- tegias formales y conceptuales para
cuestionar en sus imágenes la experiencia de la disolución de los
límites y de los territorios fijos en manos del puro devenir. Así, la
teatralización en Deseos, temores y divanes –inspiradas en la obra de
Duane Michals, como remarcó Castro (1990)–, muestran un mismo espacio
habitado, en distin- tos momentos, por diversos personajes, reales o
fantásticos. Recurriendo a estrategias formales como el barrido o el
desenfoque, Huarcaya crea una atmosfera de ensoñación en la que no
sabemos si estamos despiertos o dormidos. En sus series posteriores,
además de la puesta en escena y la teatralización, Huarcaya se interesa
por las impresiones de gran formato y por la experimentación con
montajes no convencionales. Estos recursos formales se alejan del medio
fotográfico puro con la finalidad de crear, como señalan Majluf y
Villacorta (1997, p. 29), dispositivos plásticos orientados a producir
una experiencia sensorial compleja. Esta búsqueda se concreta de modo
ejemplar en El retorno del olvido, instalación fotográfica con la que
Huarcaya participó en la VI Bienal de la Habana (1997). Dicha
instalación contó con nueve foto- grafías de gran formato (180 x 120 cm
cada una), impresas por ambos lados y colgadas alrededor de una
escalera espiral. Nueve de ellas miran hacia el interior de la
escalera, y las restantes hacia el exterior. Todas representan la
continuidad y discontinuidad inherentes a las distintas etapas de la
vida: las que miran hacia el exterior son fotografías de ojos; las del
interior, retratos de cuerpos (desde un bebé hasta un anciano)
(Villacorta, 1997). Por otro lado, en Espacios soñados, obra expuesta
en la Bienal de Venecia de 2001, el fotógrafo nos presenta otra
instalación monumental, esta vez recurrien- do a tres grandes cajas de
luz conformadas por transparencias (20 x 25 cm cada una), dando lugar
así a una gran pantalla luminosa (100 x 480 cm). Cada caja explora
–entre abstracción y figuración, entre realismo y surrealismo– una
región natural del Perú: la costa, la sierra o la selva. En esta pieza
Huarcaya explora formatos y formas de representación que nos inviten a
mirar y pensar el paisaje peruano –un tema recurrente en las artes
visuales nacionales— por fuera de las representaciones icónicas a las
que estamos acostumbrados.
15. La obra de
Huarcaya ha evolucionado explorando formatos, materiales, procesos y
temáticas diferentes. Sin embargo, si analizamos sus últimos trabajos,
veremos que, sin negar la presencia de otras preocupaciones, la
cuestión de la oposición y el pasaje reaparecen puestas al servicio de
la problematización (ontológica y epistemológica) de los límites de la
repre- sentación y, como sugiere Vich, de la natura- leza misma (s/f,
p. 4). En Amazogramas (2014), Andegramas (2017), Danzas Andinas (2018),
Bosque de Eucaliptos (2018), Océanos (2019) y Cuerpos develados
(2017-2021), a través de la construcción de fotogramas monumentales
–forma primigenia del proceso fotográfico– Huarcaya cuestiona la
relación representacional privilegiada que la fotografía mantiene,
supuestamente, con el mundo. Estos fotogramas son por ello, una imagen
primera y última, como señala acertadamente Vich (s/f, p. 4).
Flavia Gandolfo: en los lindes de la historia
16. Flavia
Gandolfo no ha seguido el ritmo vertiginoso ni los imperativos
implacables del mercado del arte contemporáneo. Gracias a ello ha
podido explorar meditada y libremente la problemática que atiza su
creatividad: los espacios en los que se negocia la constitución de
identidades. Sus proyectos exploran lo que Foucault llamó los modos de
producción de subjetividad (1990, p. 48). A pesar de esta conti-
nuidad, es posible distinguir, como ella misma indica (2018), dos
periodos en su producción: en el primero, influenciada por el trabajo
de Diane Arbus y de Juan Enrique Bedoya, Gandolfo desarrolla una
práctica fotográfica directa, cercana al fotoperiodismo y al street
photography16; y se focaliza, temáticamente, en la exploración de los
modos de subjetivación no hegemónicos de colectividades disidentes. En
estos trabajos tempranos, Gandolfo retrata, de forma muy personal, la
vida cotidiana, entre disfrute y decadencia, de dos comunidades
marginalizadas: los travestis de los cabarés (Transformismas,
1991-1992) y los peleadores de la lucha libre (Cachascanistas, 1992).
En ambos casos, usa la fotografía para contar la historia –una historia
al menos– de los sin histo- ria, de grupos humanos subrepresentados y,
por tanto, sin imagen, sin voz, sin poder y sin capacidad de agencia en
el campo social. Los primeros, debido a su identificación sexual y de
género; los segundos, al declive de su oficio. Aunque no
explícitamente, en estos proyectos se hace patente la formación
universitaria de Gandolfo: la Historia. Especialmente su inte- rés por
la historia no oficial y de lo no oficial: “(…) había un curso –nos
cuenta hablando sobre sus años universitarios– de Historia de la
Marginalidad que me fascinó” (2018).
17. Su formación
como historiadora se hace aún más evidente cuando Gandolfo retorna al
Perú luego de estudiar en Estados Unidos. Entre los años 1996 y 1998
realiza las obras que darán lugar a su primera exposición individual en
la Sala Luis Miro Quesada Garland: “Historia” (1998). En dicha
exhibición, se consa- gró a explorar las relaciones imaginarias entre
la Historia oficial del Perú, la educación en centros educativos
públicos y la formación de la iden- tidad nacional. Alejada de la
fotografía directa, Gandolfo recurre a estrategias de carácter
conceptual (apropiación, re-fotografía, insta- lación, tipología, etc.)
para articular su visión del carácter fracturado de nuestro proyecto
nación, como han afirmado López (2020, p. 38) y Portocarrero (2020, p.
63). En una de las series que más comentarios generó, El Perú, Gandolfo
construye una gran instalación –estableciendo una suerte de tipología
heredera de Bernd y Hila Becher– en la que presenta 99 reproduc- ciones
fotográficas de páginas de cuadernos con dibujos de mapas del Perú.
Gandolfo arti- cula una tipología que da cuenta de la “imagen oficial”
del Perú según estudiantes de escuelas públicas. La potencia de esta
obra radica en la relación equilibrada entre su minimalismo formal que
casi excluye el gesto fotográfico, el sarcasmo que vehiculan la
superficie de sus imágenes y el profundo mensaje que transmiten sobre
la imposibilidad de construir una identidad nacional unificada.
Gandolfo (2018) cuenta que las estrategias formales usadas en esta
muestra le valieron, por un lado, el comentario crítico de autoridades
como Billy Hare quien parecía no entender porque tenía que fotografiar
los cuadernos en vez de, simplemente, fotocopiarlos. Por otro lado, los
visitantes reaccionaron preguntándose si “eso” (fotografiar cuadernos)
podía ser considerado “arte”. Las estrategias formales que Gandolfo
incorpora en su trabajo la ubican, al igual que Huarcaya, en un espacio
de indisciplinamiento, tanto con relación al sentido común del gran
público como al saber especializado del canon modernista. Y es esto,
como señala la misma autora (Gandolfo, 2018), lo que le interesaba:
“(…) siempre me decía: ‘¡ah! ¿Esa es la norma?, ¿cómo la rompo? ¡Ah!
¿Eso es lo correcto?, ¿y eso cómo se quiebra?’”.
18. Así, en
series como Las razas (1996-1998), El Perú (1996-1998), El cuaderno de
Nancy (1996-1998) e Historia del Perú (1996- 1998), a través de la
articulación conceptual de imágenes ingenuas producidas por niños,
Gandolfo manifiesta la violencia inherente a nuestra herencia colonial
y al abandono siste- mático de las poblaciones más vulnerables por
parte del Estado. De esta forma, tanto en sus primeros trabajos como en
estas series dedicadas explícitamente a la Historia del Perú, Gandolfo
usa la fotografía para invitarnos a pensar en los aspectos
problemáticos de la construcción de identidad(es) no consideradas por
la historiografía oficial, como ha señalado pertinentemente
Portocarrero (2020, p. 59). Sus últimos proyectos –presentados en la
galería Garúa (2015) y en el Museo de Arte de Lima (2020)–, aún más
conceptuales y transdisciplina- rios, y recurriendo a estrategias
focalizadas en la materialidad y en la procesualidad, indagan en torno
a los discursos oficiales que, a través de los libros de Historia
canónicos (como el de Pons Musso), han modelado la imagen y la idea que
diversas generaciones de peruanos tienen sobre el “Perú”.
Milagros de la Torre: en el silencio de los objetos
19. Milagros de
la Torre desarrolló su obra alejada del resto de integrantes de esta
generación debido a que ha vivido en el extranjero desde muy joven
(principalmente en Inglaterra, México y Estados Unidos)17. Su trabajo
ha mantenido a lo largo del tiempo una gran coherencia, tanto desde una
perspectiva temática como formal, afirmando así una singu- lar manera
de utilizar la fotografía como espacio de cuestionamiento. A pesar de
su compromiso con la realidad, las estrategias post-conceptua- les a
las que recurre no están alineadas con el carácter representacional del
realismo fotográfi- co y se separan, en consecuencia, de la retórica
del fotoperiodismo y del documentalismo que poseían la hegemonía de la
representación de los acontecimientos sociales en el Perú de los años
80 y 90, como bien ha señalado López (2012, p. 47). Así, en su obra no
encontramos ni representaciones directas ni espectaculares. Sus
opciones creativas, a medio camino entre lo conceptual y lo
experimental, no han impli- cado, sin embargo, una despolitización
(formal, abstracta o mercantil). Por el contrario, la totali- dad de
sus proyectos –desde Bajo el sol negro (1991-1993) hasta Intervalos
(2020)– nacen del intento de dar a ver los efectos de las relaciones de
poder que gobiernan nuestras sociedades.
20. De la Torre
es una de las fotógrafas peruanas que ha explorado y reflexionado de
manera más inteligente sobre los vestigios y las huellas de las
diferentes formas de violen- cia social que azotan a nuestras
sociedades y se marcan en nuestros cuerpos (López, 2012, p. 54)18. Por
ejemplo, en su primera y más celebrada serie, Bajo el sol negro,
recuperando una técnica fotográfica callejera utilizada por los
fotógrafos cusqueños del siglo XIX (los minute- ros), pone en evidencia
críticamente el proceso de “blanqueamiento” al que dichos fotógrafos
sometían a sus conciudadanos. De tal forma, como afirman Majluf y
Villacorta (1997, p. 31) la artista muestra que la representación
fotográ- fica operaba como una estrategia de “mejora racial”
inconscientemente asumida como parte de la herencia colonial. En otras
series realiza- das en la década del 90, De la Torre continúa
explorando de forma sugerente, nunca categó- rica –de ahí la dificultad
para descifrar su trabajo (Sullivan, 2012, p. 13)–, diferentes
expresiones de violencia cultural: los objetos convertidos en signos
silenciosos de tragedias en Los pasos perdidos (1996), la violencia
cotidiana que expresan los camiones de seguridad en Blindados (2000),
la brutalidad implícita en las vestimentas que aluden al cuerpo de un
desa- parecido por causa de las dictaduras en Sin título (Los
desaparecidos) (1998) y la violencia ejercida a las páginas de libros
por la censura de la Inquisición española en Censurado (2000). La
sutileza formal y conceptual con la que De la Torre aborda estas
problemáticas le permite evadir la representación directa de los
eventos violentos y de sus consecuencias traumáticas, focalizándose,
por el contrario, en estrategias para hacer visibles y legibles sus
dimensiones inconscientes y aparentemente “inobservables” (Sullivan,
2012, p. 12). En tal sentido, recurre a un lenguaje analítico para
hablar de forma indi- recta y tangencial, a veces incluso enigmática,
de los fenómenos sociopolíticos que emergen de la violencia inherente a
nuestra sociedad (Best, 2016, p. 2).
21. Para ello,
Milagros de la Torre recurre a estrategias conceptuales de creación y
de inves- tigación basadas, principalmente, en la apropia- ción de
archivos (Lopez, 2012, p. 46), gracias a lo cual su obra deviene un
“contra-archivo” crítico (Merewether, 1999, p. 1). Tal vez esto es una
herencia de la profesión de su padre. Probablemente, de ahí proviene el
deseo de leer los signos ocultos en los objetos, y de hacer hablar a
las cosas aparentemente silenciosas (Sullivan, 2012, p. 22 y Olivares,
2000) para “nombrar lo no nombrado, lo no señalado, lo no firmado”
(Merewether, 1999, p. 6). En tal senti- do, no aborda directamente los
eventos de la historia, sino que usa la fotografía para mostrar los
vestigios que insisten de forma latente en los objetos que restan de
dichas historias. Esto se aprecia en varias series como Sin título
(percha, medias) (1992), Incrustado (2007), A prueba de balas (2008),
El final (cianuro) (2008) y Sin título (cascos) (2009). Debido a ello,
sus trabajos son doblemente indiciales: su fotografía es un índi- ce de
la singularidad del objeto fotografiado. Este, a su vez, no solo
representa icónicamente un tipo particular de objeto (casco, media,
camisa, etc.), sino que encarna indicialmente la singularidad de una
experiencia vivida (la del policía que portó dicho casco, la de la
mujer que usó aquellas medias, la del guardaespaldas que llevó aquella
camisa, etc.). Este interés por la potencia significante del archivo,
por su capa- cidad de conectar los traumas singulares con lo histórico
y con lo universal (Sullivan, 2012, p. 14), lleva a De la Torre a
utilizar pequeñas series fotográficas no narrativas. En algunos casos
dos o tres imágenes son suficientes para transmitir la potencia
simbólica de un evento (la depresión, la violencia política, la insegu-
ridad ciudadana), como en el caso de El final (cianuro) y Sin título
(Desaparecido). En otros casos, recurre a series más largas, pero nunca
narrativas sino, más bien, reiterativas como en el caso de Blindado,
Incrustado, A prueba de balas y Sin título (cascos). En estos ejemplos,
como también sucede en Los pasos perdidos, De la Torre trabaja con
objetos encontrados, usando la fotografía como un medio para
transformar estos objetos cotidianos, banales, aunque cargados de
historia, en espacio de proyección imaginaria y de inquietud para el
pensamiento. La totalidad de su trabajo sigue esta línea de
investigación, como se ve en su último proyec- to, Intervalos, un
diaporama donde, a partir de imágenes de archivo, muestra el control
ejercido sobre los individuos con el uso de técnicas para identificar
los rostros (desde la antropometría de Bertillon hasta los sistemas de
reconocimiento facial actuales).
Luz María Bedoya: en la fragilidad del sentido
22. Tal vez Luz
María Bedoya sea la más indisciplinada de esta generación de “fotógra-
fos”. Es la que más ha derivado, o delirado, en sus procesos creativos,
abandonando la espe- cificidad del medio fotográfico, como sostiene
Bernuy (2016, p. 172), pasando de un medio a otro o combinándolos según
las necesidades de cada proyecto y sus propias inquietudes. Ha
trabajado con la imagen fotográfica, desde luego, pero también con el
video, el sonido, la escritura, la performance, la instalación o el
dibujo, lo que la ubica más cerca de las prác- ticas artísticas
contemporáneas que de la foto- grafía (Villacorta, 2014, p. 1 y Biczel,
2014, p. 2). Temáticamente, su trabajo reflexiona en torno al estatuto
de las relaciones entre el sujeto, los signos y las cosas. Bedoya se
interesa por ese punto en el que el proceso de significación falla y se
revela el sin-sentido que habita en el centro toda producción de
sentido. En lenguaje lacaniano, explora las dinámicas en las que el
imaginario agrieta lo simbólico permitiendo que emerja lo real. Por
ello Biczel (2014, p. 7) ha señalado que su trabajo gira en torno a la
“insignificancia de lo real”, sobre esa dimensión de la existencia que
emerge silenciosa desde el fondo de nuestra realidad verídicamente
cualificada con categorías binarias significan- tes, como diría
Nietzsche (1989). La fotografía ha sido una herramienta clave en sus
primeros proyectos porque gracias a su carácter indicial le ha servido
para intentar tocar ese real-singu- lar aparentemente a-significativo.
Así, su obra está conformada por significantes que buscan significar,
pero que fracasan en el intento. Su obra es, como afirma López, una
“práctica de desvío” (2014, p. 2) que “se empeña en simbo- lizar esa
condición errante del sentido” (2014, p. 3). Bedoya aborda su
problemática, al igual que De la Torre y que Gandolfo, de forma sobria.
Su presentación del vacío del ser no es ruido- sa; sutil, se presenta
como esa “inquietante extrañeza” (Freud, 2006) que habita en nuestro
entorno más cercano cuando lo miramos con ojos des-familiarizados.
23. Su primer
proyecto importante, la foto-instalación Punto ciego (1997) –una de las
primeras propuestas de esta naturaleza en la escena peruana (Bernuy,
2016, p. 173)–, demuestra esta última afirmación. La instalación estuvo
compuesta por 70 fotografías tomadas con una cámara panorámica
descartable y realizadas desde la ventana de un vehículo en la
carretera. Colgadas en línea recta marcando un horizonte continuo, las
imágenes muestran puntos aleatorios, ordinarios, insignificantes, de la
Panamericana. Nada en ellas nos permite captar la grandeza geográfica
del territorio, ni su majestuosidad cultural; tampoco se afirman como
expresión simbólica de su visión, ni como exploración formal de
cualidades fotográficas. Lo que vemos en dichas fotografías es el
regis- tro repetitivo, intrascendente, de un recorrido singular. El
mismo espíritu está presente en obras como Pircas (1998) y Área
(2000-2012), en las que nos enfrentamos a la tautología de referentes
incapaces de significar más allá de sí mismos. En otros proyectos de la
misma época, Bedoya prolonga su obsesión por mostrar que todo sentido
está habitado por un sin-sentido, pero que eso no significa,
necesariamente, hundirse en la noche oscura del caos, sino abrir la
posibilidad para la emergencia de otros sentidos por fuera del
buen-sentido y del sentido-común, como diría Deleuze (1969, pp.
92-101). Así, produce cartografías improbables cargadas de un sentido
paradójico que no se identifica con el “sentido funcional” que hace
operar al orden simbólico (y al sistema social), sino con eso que
podríamos llamar un “sentido poético” que agrieta al orden simbólico
redis- tribuyendo, usando las palabras de Rancière (2009, p. 9), lo
sensible. La obra Plano (2001), realizada en París, intenta dar cuenta
de un recorrido tan singular sobre la ciudad que podría ser cualquiera
y, por tanto, universal. En la obra Afuera (2001), recurriendo a un
trabajo de creación colaborativa, Bedoya reparte cáma- ras descartables
a viajeros con la indicación de fotografiar arbitrariamente un tramo
(in)deter- minado de su viaje. De ello resultan cortes del espacio y
del tiempo arbitrarios, espacios de transición que dan cuenta de un
desplazamien- to cualquiera sobre una ciudad cualquiera. De la misma
manera, estos métodos para desha- cer las formas hegemónicas de
cartografiar y significar una ciudad aparecen en proyectos como Muro
(2001) y Volantes (2002) en los que Bedoya, abandonando la fotografía y
recu- rriendo a estrategias textuales, performativas y relacionales,
deconstruye el sistema de signos que compone el lenguaje verbal. Ya sea
desar- ticulando una frase de uso común en el trans- porte público para
reinsertarla fragmentada en el flujo de peatones (Volantes), o
escondiendo pequeños papeles con frases que respetan la gramática de
una lengua, pero que no forman ninguna frase con sentido (Muro), en
ambos casos asistimos a micro gestos que tienen como objetivo poner en
jaque nuestra posibilidad de hacer sentido en y con el lenguaje. Por lo
tanto, confrontamos acciones que ponen en cuestión nuestra propia
naturaleza en tanto animales lingüísticos. Estas obras marcan con
claridad el hecho de que el medio fotográfico terminaría siendo, como
sostuvo López (2014, p. 3) una herramienta entre otras para explorar y
reflexio- nar en torno a la operatividad de los signos, esto es, un
“instrumento proyectual” (Radulescu de Barrio de Mendoza, 2016, p. 310).
24. A lo largo de
los años Bedoya ha desarrollado dichas prácticas conceptuales
recurriendo, entonces, a una gran economía y a una rica pluralidad de
medios19 con el objetivo de producir dispositivos estéticos que pongan
a sus espectadores ante el desafío de tener que descifrar su
(sin)sentido latente. De ahí que su trabajo exprese, según Villacorta,
una “condi- ción post-medio” (2014, p. 2). Así, recurriendo al video y
al dibujo en Línea de Nazca (2008), Bedoya nos invita a re-pensar
nuestra relación con el horizonte y a re-definir el imaginario que
tenemos de las líneas de Nazca, confrontando la visión aérea englobante
común con la visión al ras fragmentaria propuesta por la artista. Sus
últimos trabajos, notablemente Transporte plás- tico sobre la
construcción de una ciudad (2018), performance efímera realizada a
partir del texto homónimo de Jorge Eduardo Eielson (1954), muestran que
la preocupación de Bedoya en torno al carácter fugaz y evanescente del
senti- do; y, sin embargo, imprescindible y urgente, sigue guiando sus
exploraciones artísticas.
Juan Enrique Bedoya: en el delirio de los archivos
25. Juan Enrique
Bedoya es el primero de su generación que comenzó a trabajar activa-
mente con la fotografía en la segunda mitad de los años 80. Gandolfo
(2018) y Luz María Bedoya (2018) afirman que la figura de Bedoya fue
determinante en sus años de formación pues él les compartía no solo su
experiencia práctica y técnica, sino principalmente sus referentes y
conocimientos ligados a la historia y la teoría de la fotografía. Ambas
artistas señalan que una de las influencias importantes de su trabajo
inicial fue Diane Arbus, quien les había sido presen- tada,
precisamente, por Juan Enrique Bedoya. Los primeros trabajos de Juan
Enrique Bedoya también muestran la influencia de Arbus. El estilo
“street” y la atracción por los personajes marginales fue parte de sus
preocupaciones iniciales. Sus retratos poco ortodoxos de perso- najes
callejeros, y sus series sobre los locales de carretera y los
monumentos –en los que se observa la influencia del “estilo documental”
de Walker Evans– muestran ese interés funda- mentalmente fotográfico
por captar de manera directa, indicial, el carácter singular de una
reali- dad concreta. A pesar de que estuvo cerca de la generación de
Secuencia, no adoptó el canon formalista y simbolista. Bedoya, tal vez
movido por la violencia de lo real que vivía la generación de los 80,
estuvo más interesado en retratar la forma en que la calle y la ciudad
se presentaban ante sus ojos. En tal sentido, comparte con la
fotografía documental de la época –con autores como Schwarz y Rázuri–
la urgencia de dar a ver la realidad social. Sin embargo, su mundo no
era aquel que estaba atravesado por el gran acontecimiento, y su
función como fotógrafo no estaba definida por la ética y la estética
del testigo de la Historia. Bedoya se ubicaba en un espacio discursivo
(Krauss, 2002, pp. 40-59) distinto al del fotoperiodista, al del
reportero gráfico y al del documentalista. Su misión, como la de un
“chiffonnier” de la historia (Benjamin, 2000) fue recuperar los
residuos, las historias marginales, ya sea la de los personajes anóni-
mos, la de los héroes olvidados o la de los restaurantes abandonados.
26. Esta
atracción por los márgenes de la historia va a marcar su interés por el
archivo, como lo demostraron La fuente de Ameles (1995-1996) y
Esmeralda S/S (1997). Estos proyectos resultan, a mi juicio, aquellos
que marcan el ingreso directo del trabajo de Bedoya al ámbito expandido
o indisciplinado de la creación fotográfica contemporánea. Son obras
que rompen completamente, al igual que lo hizo Gandolfo en Historia,
Luz María Bedoya en Punto ciego, De la Torre en Bajo el sol negro y
Huarcaya en Espacios soñados, con el forma- lismo, el expresivismo y el
simbolismo del tardo modernismo, pero también con el realismo
objetivista del documentalismo. La Fuente de Ameles es una instalación
fotográfica conforma- da por 600 piezas hechas de cartón (18 x 20 cm
cada una) que contenían la fotografía (blanco y negro) de un objeto
–presumiblemente toma- da con una cámara estenopeica– y un texto. Entre
imagen y texto reina la heterogeneidad, haciendo imposible que este
último cumpla la función de ancla (Barthes, 1986). En tal sentido, la
pieza, en vez de invitarnos a determinar un sentido coherente que nos
permita compren- der lo que vemos y leemos, nos pone en una situación
de disonancia cognitiva propia de un proyecto artístico consciente de
que su objetivo no es mostrarnos una dimensión de la realidad sino
hacernos pensar a partir de la experiencia perceptual y sensible que
nos ofrece. Un año después, Bedoya construye la pieza S/S Esmeralda
(1977), en la que recurre a estrategias similares (imagen y texto),
pero esta vez añade un gesto que en el contexto local de aquella época
aún podía ser considerado transgresor: las fotografías han sido
obtenidas de álbumes comprados en mercados de pulgas. Esto lo alejó aún
más del canon purista de la fotografía y lo aproximó, al mismo tiempo,
a prácticas artísticas contemporáneas en las que la imagen fotográfica
no vale por sí misma sino en función de lo que el artista haga con ella
al interior de un sistema de signos. Tal vez por ello esta obra obtuvo
el primer premio en la Primera Bienal Nacional de Lima (1997) y en el
primer concurso de artes visuales Pasaporte para un Artista (1998).
27. A lo largo de
más de 30 años hay dos aspectos recurrentes en la obra de Bedoya: desde
una perspectiva conceptual, ha busca- do poner en cuestión el estatuto
objetivo de la representación, invitándonos a dudar de la veracidad de
lo que vemos e, incluso, a recono- cer que toda imagen, incluso la
fotográfica, no es más que una ficción. En tal sentido, su obra tiene
un carácter autorreflexivo: usa el medio de la imagen para pensar sobre
las posibilidades representacionales de la imagen. Desde una
perspectiva temática, Bedoya es una suerte de archivista o
coleccionista fuera de lo común. Pareciera que está obsesionado por
construir atlas de objetos, pero recurriendo a clasifica- ciones
delirante al estilo de George Perec. Esto ya se apreciaba en las series
antes menciona- das, La fuente de Ameles y Esmeralda S/S, y se confirma
en sus últimas dos exposiciones importantes: Mecánico Juan (2015) y
Museo (2018). Bedoya también ha desarrollado un trabajo como curador
realizando exposiciones como El show de Diana (II Bienal de Fotografía
de Lima, 2014) y Détour (Lima Photo, 2016) en las que se evidencia su
interés por los usos alternativos y experimentales de la fotografía.
A MODO DE CONCLUSIÓN: LA OBRA DE ARTE COMO DISPOSITIVO ESTÉTICO DE PENSATIVIDAD
28. El análisis
realizado nos permite extraer algunas conclusiones provisorias sobre la
singular forma en que la “generación de los indisciplinados” utilizó la
fotografía:
- El objetivo de sus obras no
es “dar a ver”. A contracorriente de la tradición repre- sentacional
hegemónica, estos artistas entienden la imagen fotográfica como un
espacio crítico para problematizar algún aspecto de la realidad. No
usan la imagen para comunicar un mensaje visual, sino para evidenciar
las tensiones, paradojas o fracturas que habitan en nuestro or- den
simbólico.
- En tal sentido,
sus obras no están hecha para ser contempladas, sino para ser leí- das.
Pero no en el sentido restringido del lenguaje verbal, sino en un
sentido amplio como cuando decimos, por ejemplo, que un jeroglifo o un
síntoma albergan un significado que es potencialmente descifrable,
leíble. A los espectadores les corresponde descubrir dicho código de
acceso para comprender su dinámica de significación. Por ello, estas
obras no es- tán dirigidas a satisfacer solo expectativas perceptuales,
sensoriales y afectivas, sino también intelectuales y cognitivas.
- Estas obras
muestran que la imagen foto- gráfica autónoma es incapaz de ayudarnos a
comprender la complejidad de un fenó- meno. Por ello, se concibe como
un signo potencialmente significante solo en tanto pertenece a sistemas
donde acompaña a otros elementos visuales o no visuales (textos,
diseños, sonidos, objetos, etc.). El sentido de estos dispositivos
estéticos (Déotte, 2012) reside en las conexiones entre sus elementos:
en lo que ocurre en- tre las imágenes, entre ellas y el lenguaje verbal
que las nombra, entre ellas y los objetos que las acompañan, entre
ellas y la realidad que designan, entre ellas y el espacio que las
acoge, entre ellas y el espectador que las experimenta, etc.
- El carácter
cognitivo e instalativo de estas obras implica que el espectador ya no
es un sujeto pasivo que contempla desde una posición de exterioridad la
obra que se eri- ge frente a él bajo la modalidad del objeto cerrado;
sino, más bien, que el espectador activa el dispositivo con su
presencia. Gracias a ello se rompe la dicotomía su- jeto-objeto y el
espectador se convierte en una pieza clave del dispositivo: aquella que
permite su autoconciencia llevándolo así al ámbito del discurso y, con
ello, al de la intersubjetividad.
- Estos
dispositivos estéticos constituyen, por tanto, laboratorios que invitan
al espectador a realizar una experiencia compleja (perceptiva,
afectiva, sensorial, memorística, imaginativa e intelectual) de la
problemática que sugieren a través de su materialidad significante. En
contacto con estos dispositivos los espectadores realizan experiencias
extra-ordinarias que, bajo las condiciones que configuran el reparto de
lo sensible hegemónico, son inaccesibles. Por ello, se puede concluir
que la principal función performativa de sus proyectos es activar
procesos de diso- nancia cognitiva en sus experimentadores, es decir,
“dar a pensar”.
29. La
caracterización que hemos hecho de las obras de los “indisciplinados”
nos invita a esbozar una definición del espacio de enun- ciación desde
el que crean y piensan el mundo. Como hemos visto a lo largo del
artículo, estos fotógrafos no pertenecen al territorio de la fotografía
directa. Pero, esto no significa que no se preocupen por las
dimensiones formales y documentales de la fotografía. Por el contrario,
les interesa mucho la singular relación que la imagen técnica establece
con lo real, por ello buscan articular dicha potencia indicial a través
de nuevas formas de lenguaje visual que les permitan explorar y
reflexionar sobre la realidad superando la despolitización del
formalismo y el carácter ingenuo del documentalismo clásico.
30. Los
indisciplinados están más cerca, por ello, de la figura del artista en
el paradigma contemporáneo: usan la imagen como medio, material,
herramienta, vector, pretexto, etc., para materializar un pensamiento.
Este vínculo con la práctica artística contemporánea, sumado a su
herencia académica, nos permite afirmar a modo de hipótesis que estos
fotógrafos son representantes de la figura del “artista como
investigador”. Dicha caracterización se refuerza, asimismo, si tenemos
en cuenta que también se han dedicado a la pedagogía. Esta figura que
articula la triada creación-investigación-edu- cación, concibe el arte
ya no como el proceso de producción de objetos (para la contempla- ción
estética o para el mercado), sino como la exploración de una dimensión
de la realidad destinada a generar un conocimiento capaz de redefinir
los vínculos sociales.
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Ulfe, Valeria Biffi y Giuliana Borea.
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1 Algunos
estudios importantes al respecto: Alloway, 1970; Kahmen, 1974; Scharf,
1968; Chevrier, 2003; Fried, 2013.
2 Secuencia Foto
Galería se planteó institucionalizar la fotografía artística en el
Perú: “Hace un tiempo un grupo de fotógrafos activos en la exploración
creativa del medio, se reunió con la finalidad de difundir en el Perú
el Arte Fotográfico y ayudar a resolver las muchas incomprensiones que
este sufre” (Hare y Montalbetti, 1977).
3 En el I
Seminario de Arte Latinoamericano Contemporáneo de Lima (9 de junio de
2016), titulado “Indocumentado: del negativo a la posfotografía”, la
investigadora Gabriela Germaná dio una conferencia que abordaba en
detalle a la generación de fotógrafos vinculados a Secuencia:
“Secuencia Foto Galería: los inicios de una modernidad alternativa en
el Perú”.
4 López sostiene
una hipótesis similar al afirmar que el ingreso a un “ánimo
‘posmoderno’ o ‘conceptual’” se dio en el arte peruano gracias a la
actividad de estos cinco fotógrafos (2020, p. 40).
5 En aquel
periodo también se intentó formalizar el campo de la fotografía en
Arequipa a través de la realización de dos Bienales de fotografía (1989
y 1991) organizadas por Juan Carlos Belón Lemoine.
6 Esta escuela se convirtió en el Centro de la fotografía y, posteriormente, en el Centro de la imagen.
7 Para un análisis del fracaso de estas Bienales ver Biczel, 2017.
8 Sobre esta muestra itinerante ver Gras Balaguer (1999).
9 Luz María
Bedoya señala que una de las principales limitaciones de la fotografía
peruana es “la ausencia de un aparato crítico sostenido en el tiempo,
que le devuelva una noción de sí mismo” (2006, s/p). Ver, también,
Majluf, 2006, p. 11. Es justo indicar, sin embargo, que la
investigación ha avanzado mucho en el siglo XXI gracias a los
valiosísimos trabajos de Jorge Villacorta y Andrés Garay.
10 Esta
generación no solo contribuyó con la expansión del campo de la
fotografía, sino que, al hacerlo, impulsó también una renovación en las
artes visuales en el Perú (Majluf, 2006, p. 24; y, Villacorta y
Hernández Calvo, 2002, p. 115).
11 Luz María
Bedoya encuentra en la lectura que hace Montalbetti (1980) de la serie
Chorrillos de Mariella Agois un primer intento de romper con el
modernismo. Es un trabajo, dice Bedoya, producido por una “mirada
des-domesticada” (2006, s/p). En la misma línea, Bedoya (2018) afirma
que la serie Artes y ensartes (1987), en la que el fotógrafo Roberto
Fantozzi retrata paródicamente a la clase alta limeña, también muestra
un distanciamiento de los valores de Secuencia.
12 El
desmantelamiento del canon modernista y su apertura epistemológica se
concretó notablemente en la exposición Pictures comisariada por Douglas
Crimp (1977), en la que participaron Troy Brauntuch, Jack Goldstein,
Sherrie Levine, Robert Longo, Philip Smith.
13 Esta doble
función de la fotografía está en el centro de la concepción modernista
promovida desde los Estados Unidos por John Szarkowski. Ver la
exposición Windows and Mirrors (1964).
14 En la misma
época en que la pictures generation afirmaba en los Estados Unidos un
uso indisciplinado de la imagen, en el Perú se establecía la tradición
modernista de Secuencia. No obstante, un sector de las artes plásticas
peruanas entre fines de los 70 e inicios de los 90 ya hacía un uso
posmoderno de la imagen fotográfica similar al de la pictures
generation. Esto muestra el carácter diacrónico de la historia. Esta
otra historia del “devenir artístico” de la fotografía es clave y
requeriría un estudio particular. Para una aproximación a esta
problemática ver Quijano (2002), donde señala la existencia de esta
“nueva genealogía de la imagen fotográfica” (p. 57), representada por
artistas plásticos como Fernando ‘Coco’ Bedoya, Armando Williams,
Francisco Mariotti, Jesús Ruiz Durand, Guillermo Bolaños y Juan Javier
Salazar; y, por colectivos como E.P.S. Huayco (1980-1981) y Taller NN
(1988-1991).
15 Augusto del
Valle y Juan Mendoza Montevideo (2020) han mostrado que en la misma
época en que Secuencia Foto Galería promovía los valores del modernismo
formalista, se desarrollaba en Lima un colectivo fotográfico preocupado
por el registro de los movimientos sociales de izquierda: Inter-Foto.
16 Gandolfo
(2018) cuenta que en el año 1988 una de sus primeras experiencias
profesionales fue trabajando como fotoperiodista en un diario local,
donde su tarea era hacer retratos para el suplemento dominical. Esto
influenció sus primeros trabajos personales.
17 Esto no
significa, sin embargo, que Milagros de la Torre no haya tenido
contacto con la comunidad de fotógrafos que se estaba terminando de
institucionalizar y afianzar a inicios de los 90. De la torre (2020)
cuenta que, para realizar Bajo el sol negro en el Cusco, debía
obligatoriamente pasar por Lima cuando llegaba de Inglaterra. En esas
estancias tuvo muchos intercambios con fotógrafos como Billy Hare,
Roberto Huarcaya, entre otros.
18 Estos años
estuvieron principalmente marcados por el Conflicto armado interno que
enfrentó al PCP Sendero Luminoso y al Estado peruano. De la Torre vivió
muy de cerca este evento histórico pues su padre fue parte de la
policía de inteligencia del Estado.
19 Bedoya (2018)
confiesa que su poca habilidad técnica le ha permitido usar los
materiales de forma libre y experimental para explotar al máximo su
potencial (a)significante.