EL LIENZO VIVO
LA PROLONGACIÓN DEL TERRITORIO EN EL CUERPO DE CECILIA PAREDES
FOT. Octubre 2021. ISSN: 2709-0507 . V. 4 - Nro. 6. pág. 18 - 35.
Recibido: 9 de agosto de 2021 / Aceptado: 3 de octubre de 2021
LUIS CÁCERES ÁLVAREZ
https://orcid.org/0000-0002-1738-5483
Periodista y docente de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas - UPC.
pcculcac@upc.edu.pe

En términos de identidad se puede decir que es una artista cosmopolita.
Habla sobre la imita- ción y la exposición. Sobre la mimesis entre el
cuer- po y el espacio. El no retorno. Sobre los mil rostros de una
extranjera. Sobre ser una mujer camaleón. Sobre el engranaje de los
sentidos, pero nos quedaríamos cortos. En este universo escénico rondan
el misticismo, la humildad y la ternura. Cecilia Paredes (Lima, 1950)
solo pide un poco de belleza y lo encuentra en los objetos de ensueño
que aparecen en su camino. Plasma en sus crea- ciones el dolor del
exilio, el desgarro de la culpa y la fuerza del deseo, pero, también su
relación con la naturaleza, con los animales, la mitología y la poesía
para buscar respuestas sobre la migración, la diáspora y el no querer
irte: Está encantada con su patria, aunque sea una artista querida en
otra tierra de sol.
De Filadelfia, Estados Unidos, volará a Madrid, España, para abrir una
exposición a inicios de septiembre, dando a conocer su temporada
artística. Presentará una serie nueva de fotografías y las obras que
hizo durante el primer año de pandemia. Recuerda que su taller queda
justo al frente de la entrada de emergen- cias de un hospital. Fue muy
duro: Ambulancias, helicópteros, gritos. Muy desgarrador, dice. Sus
trabajos tratan de brindar esa experien- cia sensorial, ir desde lo
natural a lo cultural, atravesando la historia como un laberinto que
debe ser “releído, reescrito y repensado” para no cometer los mismos
errores.
Ahora, está contenta por hablar con un paisano sobre su relación con
las cosas. Pero, en un tono serio, la voz, desde la video llama- da,
dice:
—Salí del Perú por razones políticas.
No obstante, su historia arranca en la infan- cia. Profundiza en ello.
—Este es un tema fundamental en mi obra y en mi vida. Yo pertenezco a
esa generación del cincuenta donde los peruanos se casaban con
extranjeras. Mi padre que es de Arequipa se casa con mi madre de
proveniencia polaca, judía, francesa. Entonces, parto de una casa donde
las cosas no son como en las otras casas. Yo tengo dos hermanos hombres
de padre y madre que me llevan diez años. Mis tías cali- fican a mi
madre de hereje. Iría a un colegio extranjero. Oía Chopin. De alguna
manera, la otredad ya estaba en las cartas astrales. Tengo una manera
de pensar extranjera. Estudio Artes en la Pontificia Universidad
Católica del Perú, pero luego me voy al Cambridge Arts and Crafts
School de Inglaterra. Y ya no vuelvo más. Después, vivo cinco años
fundamentales en México que, como peruana, se me organiza la vida
porque pienso que los mexicanos tenían “resueltos” todos los problemas
de nosotros, como la identidad. O sea, yo voy de un país donde al
negro, al cholo, al andino se le maltrata a un país donde en el museo
antropológico hay un letrero que dice “usted por mexicano pasa gratis”.
Eso me conmueve y me arregla la vida de una manera impresionante. Esos
cinco años en México fueron fundamentales para revisar mi identidad y
aquello que somos todos los que somos mitad peruanos y mitad
extranjeros.
Cecilia estuvo en la vorágine del activismo político y una consecuencia
fue la migración. Llegaría a México en 1983. Luego estaría un año en
Roma para continuar sus estudios en la Scuola del Nudo y después se
asentaría en Costa Rica, su “segunda patria”, donde estable- ció una
relación íntima con la naturaleza durante veinticinco años.
—Los costarricenses invierten tiempo en ser gentiles, en saludar, en
realmente, encon- trar el momento que la otra persona sienta que está
siendo saludado así sea el señor que te está poniendo la gasolina. Es
el sello del ser huma- no costarricense. He sido muy afortunada en
resolver ciertos problemas, desgraciadamente, ahora después de las
elecciones se ve que en el Perú todavía persisten.
—No hemos cambiado…
—No hemos avanzado.
Queda ahí una costra que no cicatriza totalmente.
***
Eran los ochenta en el Perú, o una puerta para su transformación. El
terrorismo y la crisis institucional la llevaron al exilio, a la
retirada.
—Yo, como cualquier universitario peruano de esa época, por supuesto
que era politizada. Estaba en Artes Plásticas. Pertenecía al tercio
universitario. Luego, me casé con Jorge Flores quien fue el que fundó,
ideó y creó la revista Marka. Entonces, absolutamente, abracé esa
causa. La revista Marka evolucionó después de una carta que nos envió
Gabriel García Márquez, diciéndonos que, “si quieren sobrevivir, tienen
que ser diario”. Entonces, lo fuimos, pero even- tualmente fuimos
invadidos por Sendero. Hasta que expropia Marka y nos amenaza de
muerte. Nosotros nos tenemos que esconder y salir del país. Ahí es
cuando llego a México con mi espo- so y mis dos hijos de seis y ocho
años.
—¿Qué ocurrió durante esos cinco años mexicanos?
—Fueron extraordinarios como artista, pues participé en el taller de
litografía y grabado del maestro Aneldo Hernández, un gran grabador
uruguayo que terminó siendo, a pesar de ser un exiliado, director de la
escuela de las Bellas Artes de México. Un tipo que me abrió muchí-
simas puertas en términos no solo artísticos sino en filosofía del
arte. Luego, a mi esposo lo trasladaron a Roma y decidí volver a
estudiar anatomía, cómo realmente dibujar el cuerpo humano, fue
fantástico. En ese tiempo, a pesar que ya tenía exhibiciones, muestras,
galerías, les puse un gran paréntesis para solo dedicarme al dibujo
durante dos años. Cuando llegué a Costa Rica reinicié mi trabajo
profesional, me uní a galerías y empecé otra vez en el circuito.
Desde 2005, tiene un pie en Filadelfia y el otro en Lima. Ella reconoce
que la migración es uno de los actos más dolorosos que alguien puede
resistir: “Cuando uno parte de un sitio, lo añora y regresa, no es ya
el mismo sitio. Cambió el país, se fueron los amigos, terminó la
infancia. No hay retorno”.
—Mi relación con el Perú es una relación amor odio porque adoro al Perú
y odio su polí- tica. Tengo una suerte de nostalgia herida muy difícil
de explicar. Creo que, a estas alturas de mi vida, lamento muchísimo no
vivir en el Perú. Si volviera mañana a vivir el resto de mi vida, no me
alcanzaría retomar todo el tiempo perdido como exiliada. Ser exiliada
es una de las cosas más duras y difíciles que existen. No hay cómo
reemplazar eso.
—El Perú es una herida permanente.
—Claro, pero uno quisiera estar ahí. Quisiera seguir en su barrio, en
su calle, siguien- do todo, sufriendo así todo. Yo no hubiera queri- do
salir nunca, pero lamentablemente así fue y pasaron los años. No hay
migrante en el mundo entero que te diga que es feliz.
—¿Eso le diría la Cecilia Paredes de hoy a la Cecilia Paredes de los años ochenta?
—Yo ya sabía que era así. Yo ya sabía. Yo la veía clarísimo y así fue.
Por eso es que fui tan feliz en México o Guatemala, que es tan pareci-
do, porque me traían chispazos del Perú.
—¿Puedes profundizar en esa relación de otredad, en esa extrañeza, en ese querer al país que es tuyo, pero no lo es ahora?
—En mí pesan mis hijos que fueron extir- pados de su posibilidad
familiar de tener primos, barrios, abuelos, identidad y todo lo que
conlleva vivir en tu patria. Aparte de lo que podía sentir como
persona, estaba abso- lutamente consciente de que mis hijos estaban
perdiendo eso. O sea, ya no puedes ponerle más sal a la herida.
***
Lo extraordinario de su trabajo es, justa- mente, esa búsqueda de
expresarse por medio de diferentes materiales y fundir su sentir con
ellos, volviéndose estético y sensible. Es así como ha hecho serie de
animales y también de seres fantásticos. Ha interpretado peces,
armadillos, mariposas y luego gárgolas, zorri- nos y todo tipo de
animales marginales. No le interesa la figura del perrito ni del
gatito. Para nada. Le interesa la serpiente, el puercoespín, los
animales raros, huraños, los que ofrecen resistencia para pintarse,
para disfrazarse.
—En tus exposiciones hay ese mantra del diálogo entre lo individual y
lo colectivo de lo humanos a través del arte. ¿Cómo es la vida para
Cecilia Paredes?
—Es bien difícil caminar conmigo porque paro a cada rato —ríe—. Por
ejemplo, si estamos caminando a la salida del museo al carro hay
siempre una hormiga, un bichito, una hoja que me llama la atención y la
admiro. Luego, proce- demos. En este caso, creo que mi vida es obser-
var. Cuando me enamoro del puercoespín, la mantarraya o del zorrino,
los observo tanto que después yo los puedo imitar, me puedo pintar como
ellos, puedo caminar como ellos y puedo poner la cabeza como la ponen
porque los he observado mil y una vez. Es un acto de amor, creo.
Básicamente.
—¿Te emociona muchísimo hablar de arte?
—Me emociona hablar de los animales — ríe— y del amor. Yo no separo mi vida del arte.
Es decir, me levanto en la mañana feliz de ir a mi taller y me acuesto pensando en el proyecto.
Las principales influencias de las que se ha nutrido Paredes han sido
el neerlandés Vincent van Gogh, por la persistencia, la terquedad y
porque lo considera su hermano, un adelan- tado en su tiempo, una
mariposa que se dañó las alas frente al cristal, dice. La francesa
Louise Bourgeois, porque le enseñó que uno puede hilar. La
estadounidense Kiki Smith, que le enseñó que, si uno va todos los días
a su taller, en el caso de ella a imprimir, puede encontrar la
felicidad. El sudafricano William Kentridge porque le enseñó que su
corazón está en todo lo que pasa en Johannesburgo. El alemán Anselm
Kiefer, porque le enseñó a colocar lo que quiera sobre el lienzo. El
mexicano Diego Rivera, porque le enseñó que el lápiz es el mejor amigo
y el cubano Yoan Capote, porque le enseñó a ser elegante haciendo
denuncia política.
—¿Es necesario saber sacrificar para llegar
a ser una artista?
—Yo no sé si saber. Yo lo único que sé es que día a día lo hice.
Algunos momentos creo que se me pasó la mano, pues hay cosas más
importantes que ser artista. Como era yo, mamá artista, ama de casa,
esposa, todo, entonces, tenía que defender mi taller y mis horas como
sea. Es muy difícil, pero uno lo va haciendo día a día.
—¿Ir con una idea concreta en la cabeza o sorprenderse con lo que aparezca?
—Ninguna de las dos. Tú vas a tu taller e hilvanas lo que hiciste ayer
un poquito. Trabajas todo el día y de repente no funciona, pero hilva-
nas. Inclusive mis ídolos como William Kentridge o Kiki Smith. En
ninguna de sus entrevistas te dirán que estaban seguros. Siempre dicen
“por aquí iba la cosa sabes, pero no estoy seguro”. Yo soy la más
insegura del planeta. Lo único que sé es que sigo haciendo. Y, a veces,
me sorpren- do, pero ahí voy porque no tengo alternativa, porque esta
es mi vida. La única respuesta que me ha dado un poco de consuelo es
que tú no escoges, el arte te escoge a ti. Entonces, ya pues, caballero
no más, como dicen en el Perú.
—¿Qué es lo que te descuadra y hace que digas “ya acabé, la voy a mostrar”?
—Eso no me pasa jamás. Yo no tengo obra mía en casa porque la sigo
corrigiendo. Esa es una pregunta dificilísima. Normalmente, siento que
es un work-in-progress.
—¿Eres perfeccionista?
—No, no, no. En realidad, yo no creo que tú le puedas preguntar a un
artista si su obra está terminada. Siempre es una constante en
desarrollo.
—En todas las obras que has hecho, ¿cuáles consideras que son los
puntos que se han mantenido o que aparecen como chispazos de maravilla?
—Quizás una de las características que suele salir es que aun cuando
hablo de temas de denuncia como la pedofilia en la iglesia o la
masacre, siempre las obras están envueltas en una sutil forma de
presentación, de mane- ra tal que el espectador se acerca a una obra
“amable” y luego termina dándose cuenta de que es una obra de terror
porque estamos hablando de temas terribles. Esa podría ser una
característica. Alguna vez, alguien me describió como “una metralleta
en funda de terciopelo”. De alguna manera se adecúa a esa descripción.
Las inquietudes que rondan a sus princi- pales muestras comulgan con el
arte sonoro, el dibujo, la escultura y el fotoperformance. Cecilia lo
llama la “migración íntima” o esa exploración de cada ser humano en las
encrucijadas de la vida. Su trabajo se apoya, constantemente, en
metáforas y símbolos del pasado visitados desde el presente. Piensa las
exposiciones no como una acumulación de objetos, más como un modo de
investigar historias, ideas y contexto.
Cecilia utiliza los materiales, los recursos y las disciplinas según le
llaman la atención para resolver su obra. Ella misma sufre una metamor-
fosis en sus fotografías. La sesión de pintura arranca a las siete de
la mañana y alrededor de las tres de la tarde termina con su equipo de
asistentes. “Envuelvo, cubro o pinto mi cuerpo con el mismo patrón del
material y me repre- sento a mí misma como parte de ese paisaje, a
través de este acto, estoy trabajando en el tema de construir mi propia
identificación con el entorno o parte del mundo donde vivo o donde
siento que puedo llamar hogar”, sostiene. “Empecé a mimetizarme con el
entorno cuando vine a vivir a los Estados Unidos. La primera cosa que
tú debes hacer como migrante o como una persona que llega a un sitio
nuevo es tratar de ser parte de él. Eso quiere decir que el mimeti-
zarme con lo que me rodeaba era la forma de cómo yo tenía para
sentirme, para avanzar a ser parte”.
De toda su interesante producción, Cecilia destaca su Papagallo (2004),
una impactante fotoperformance que formó parte de 51a edición de la
Bienal de Venecia, representando a Costa Rica. Esta ave es una de las
más repre- sentativas allí y es conocida como lapa. Alguien le dijo:
“Mi vecino tiene un montón de lapas en su jardín”. Ella pensó que era
imposible. Le tocó la puerta y, efectivamente, el tipo tenía 24 lapas
en su árbol. Resulta que mucha gente roba nidos de papagayos pequeños y
los vende en la carretera a los turistas. Y luego, se dan cuenta de que
criarlos es tremendo trabajo. Un pájaro de ese tamaño genera suciedad
de más de un metro alrededor y la gente se aburre. Entonces, encuentran
a aquel hombre y le dan la lapa. Así, creó un santuario para que sea el
camino hacia la libertad de estas aves en la selva. Cecilia, fascinada
con el proyecto, le pidió permiso para ir a su casa todos los domingos
a recolectar las plumas que botaban. Durante nueve meses recogió las
plumas. Ella las insertó en un manto que es una suerte de lino para
finalizar la capa. De esta forma, las plumas de pájaros que pudie- ron
haber muerto porque eran robados, final- mente, vivieron en libertad a
través de ella. Se pintó de papagayo y se fotografió. En la Bienal de
Venecia se presentó la fotografía y el manto.
Durante viajes desde Costa Rica hasta Nicaragua, en las áreas de bosque
tropical seco, los campesinos cazan armadillos y los comen, y luego los
caparazones son colocados en unas estacas a secar al sol. Eso le llamo
muchísimo la atención, los compró y después de investigar un poco, se
dio cuenta que, si es queloide, al sumergirlos en agua caliente, su
forma se puede modificar, entonces ahí, con la ayuda de sus asistentes,
los moldearon a su espalda. Entonces, con tres caparazones de
armadillo, Cecilia se volvió uno. Luego, en la piel hubo transferencia
digital para reforzar la idea.
No le tienen que repetir que es cachiva- chera. Lo sabe y ríe.
En la serie Animal de mi tiempo, recuer- da que hay una fotoperformance
con pintura corporal que trata sobre el lago Titicaca. Esa obra la
presentó en 2005 en el Museo de Arte Costarricense, al frente de otra
llamada Costa Rica mi otro yo, en la que enfrentaba sus dos
ciudadanías. Interpreta el lago puneño con las florcitas que hay
alrededor y en la otra está envuelta de una tela que tiene la flor
nacional de Costa Rica, que es una orquídea. “Toda la exposición se
hizo alrededor de la idea de que la orquídea es una flor de raíces
aéreas. Era lo que yo sentía: Tenía 25 años ahí, pero no tenía raíces
porque eran aéreas, mis raíces gravita- ban hacia otro país que era el
Perú. Tenía ese conflicto. Eso desgarrador. Las puse una frente a
otra”, revela.
Otro ejemplo es Juno (2007), que es la diosa de lo femenino. Mató al
gigante Argos, de los mil ojos, quien asesinaba a las mujeres. Le quitó
sus mil ojos y se los puso en la cola de su animal favorito. Y así
existe el pavo real. Por supuesto, esto es mitología. Lo que hizo fue
inventarse un collar de cuero con muchos agujeros e insertó estas
plumas. Y, a la hora de la foto, las plumas se veían como si fuese el
pavo real.
La hilandera (2019) es parte de una nueva serie donde Cecilia ya
abandona la mimetiza- ción y actúa en sitios abandonados en Filadelfia.
Hay una persona que consigue los permisos para entrar. Entonces, tiene
45 minutos para preparar la magia. “Cuando entramos a esta fábrica de
hilandería, en el suelo había mugre, encontraba pedazos, retazos de
mantel y mien- tras caminábamos los iba anudando, al llegar a la gran
máquina me fabriqué una falda. Llevaba un polo blanco, pero en la falda
traía todos esos pedazos que anudé. La foto funcionó con la iluminación
natural”.
En La serpiente (2020) tiene mangueras enormes tiradas por el suelo.
“Decidí utilizarlas para crear la sensación de un lazo rastrero de la
historia que pasó aquí. Como la cola enorme de una historia”, dice. En
El río (2016) se inspira en el río Ucayali porque cuando visitó a unas
ceramistas que vivían a la orilla, aprendió que ellas se pintan el
transcurso del río en la piel. “El río es principio y el fin de su
vida”, enfatiza, “esta tela tenía una alusión a lo mismo que ellas se
pintan en la piel”. Hizo con la tela una suerte también de transcurso
de río como una cosa muy sinuosa. Luego, se pintó la mano y la cara
para representar esta suerte de comunión que hay entre las mujeres y el
río. Así, la obra está basada en el Perú amazónico.
Cecilia se emociona al recordar su patria con una experiencia artística
que nació en Lima al visitar la iglesia de Santo Domingo. Encontró que
debajo de los santos había unas urnas de acrílico con deseos escritos.
Eran papeles de todas estas mil gentes que colocaron sus deseos con
soportes de cualquier índole: Boletos, pedacitos de papel, servilletas.
Al sacristán le preguntó: ¿Qué hacen cuando se llena el reci- piente?
“Lo botamos. Bueno, el señor cura viene y los bendice”, cuenta. Le
propuso comprarlos. Sucedió. Se los llevó a su casa. Transcribió las
frases del deseo y borró las despedidas. Lo que se apreciaría es un
deseo tras otro, en una sola línea como si fuese un mantra.
—¿Qué sientes cuando la gente observa tus exposiciones y no las comprende, cuando no se ve reflejada en ellas?
—Siempre elijo en mis muestras poner una cédula en la pared, un pequeño
texto donde se explica la obra. Yo no soy partícipe de poner “obra sin
título”. Pongo técnica, título, tamaño, donde fue hecha y de qué se
trata. Allá las personas que no quieren leer. Ahí está lo más que puedo
hacer para ayudar al público a ver la obra. Ahora, te cuento que las
experiencias personales que tengo son más bien al revés: La gente que
se acerca quiere saber más, quiere compenetrarse más. Realmente se
ponen muy contentos cuando le haces una explicación. Casi siempre al
final, no se trata de la obra sino lo que la persona traía en su ser.
Es recíproco.
—¿Eso le recomendarías a la gente que sigue tus pasos?
—Yo no creo que haya alguien que siga mis pasos. Ojalá que no, porque
son de lo más dudosos. Pero lo que sí quisiera, si tuviera a un alumno
delante de mí, le diría que hay que contemplar en todo sentido. Desde
el punto de vista activo; es decir, cuando uno tiene el lápiz en la
mano y tiene al sujeto por dibujar delante, y tiene el papel blanco
para dibujarlo, tienes que contemplar no solamente lo que está pasando
sino el entorno del sujeto que vas a dibujar. Cuando tú tengas claro lo
que está pasando alrededor del sujeto que vas a dibu- jar, te va a
salir el dibujo. Eso definitivamente. Segundo, contemplar todo lo que
está pasando también. Es decir, antes de empezar a dibujar al tipo
saber lo que está pasando en tu país, en tu ciudad, en dónde estás,
alrededor tuyo y la época que estás viviendo. ¿Cómo vas a vivir
abstracto a eso? Eso es lo más ridículo que puede haber. Eso es ser
light. Entonces, sí, hay que contemplar. Y, luego, claro hay los
grandes maestros orientales que te dicen váyase al parque a contemplar
veinte años y después venga a dibujar. Cosa que es muy difícil, pero
digamos de alguna manera que ellos están mucho más cerca de la verdad
que lo otro.
—¿A qué le temes como artista? ¿Qué es lo que más te da miedo?
—Cuando yo estaba en la escuela de artes, mi profesor Adolfo Winternitz
era un tipo que había pasado la Segunda Guerra Mundial mal, tenía la
obsesión de enseñarnos a sobrevivir si pasaría la Segunda Guerra
Mundial de nuevo. Entonces, nos enseñó en 1970 a cómo hacer nuestros
propios colores, a cómo preparar nuestro propio lienzo y a cómo hacer
todo para que si no existieran los materiales que uno podía comprar, tú
podías seguir pintando. Bueno, sin duda yo agradezco haber aprendi- do
todas esas técnicas, pero eso no pasó y no creo que vaya a pasar en mi
etapa de vida. En ese sentido, el hecho de que yo sienta miedo porque
no voy a tener los materiales para traba- jar, digamos que en ese punto
no va a pasar. No creo que en estos momentos de nuestras vidas estemos
amenazados con algo que nos suprima la posibilidad de ser artistas.
Ahora, si te referías al miedo de no trascender y de no pasar a la
historia, no tengo el menor interés de pasar a la historia. Ya sé cómo
es. No me preocupa, ¿sabes? Entre los artistas contemporáneos, yo te
diría que van a trascender Louise Bourgeois, William Kentridge, Kiki
Smith, el resto no sé. En lugar de decirte cuáles son mis miedos a
estas alturas, te diría cuáles son mis ilusiones: He visto que hay una
nueva hornada de curadores que están buscando la verdad y me parece
fantás- tico. Sería eso lo opuesto al miedo. ¿A qué me refiero? Me
refiero a curadores que están yendo a los cincuentas, sesentas y
setentas redescubriendo artistas que nunca tuvieron la luz encima y que
eran geniales, consecuentes, con una línea de trabajo enorme.
— “Lo que me asusta es lo efímero y tratar de comprenderlo todos los días”. ¿Podrías profundizar en esa afirmación?
—Está asociado con lo que hablamos antes. Hay un mundo efímero afuera
que es espeluznante, amparado en las redes sociales, amparado en la
ligereza con la cual una perso- na en su anonimato, desde su casa,
digita una bestialidad que puede ser tremendamente difícil,
tremendamente dañina, tremendamente ligera. Y que es aceptada como
“normal”. Y nos alejamos. Este tipo de cosas ha hecho que se modifique
una serie de proyectos enormes. Eso es lo que a mí me asusta más que
nada. Que una mentira se convierta en una plataforma de verdad y a
partir de eso seguir. Eso me asus- ta mucho.
—¿Entre lo real y lo irreal, lo físico y lo metafísico, lo sagrado y lo
profano, el cuerpo y el fragmento, el hombre o la bestia? ¿Con qué te
quedas?
—Yo no me puedo abstraer de la realidad. No puedo. O sea, yo puedo
inspirarme en mis musos. Uno de mis musos es Antonio Cisneros. Puedo
estar con su poema en mi alma mientras trabajo, pero la política está
presente en todo lo que hago. Todo el circo me acompaña como un corifeo
constante. No puedo desligarme. Me preocupa todo. Desgraciadamente.
—¿Algunas de tus imágenes han salido de tus sueños? ¿Has soñado algo que has hecho tangible?
—No. Mis fuentes son más bien ensoña- ciones. Mis fuentes siempre son
la poesía. La historia fantástica, la mitología, la historia y la
realidad tejida en eso, pero, realmente, todo lo traduzco por ahí. Por
ejemplo, uno de los temas que a mí me obsesionan: Perséfone fue raptada
y luego se enamoró de tal manera de su raptor que estaba de lo más
contenta quedándose donde estaba. Entonces, me pregunto qué es lo que
pasaba por su cabeza para que esto suce- diera. Eso lo uno al conflicto
con la mujer, qué cosa es lo que pasa, hasta qué punto la mujer es
víctima, hasta qué punto lo haces tú mismo. Todo eso lo envuelvo, pero
siempre a partir de una historia mítica. Mis sueños son rarísimos, pero
no participa.
***
—Tu biografía ha sido descrita como nóma- da, así que en tu obra hay
una necesidad de abordar el proceso de constante reubicación.
¿Cómo podrías describir tu peruanidad?
—Vivo más tiempo fuera del Perú que en él. Soy de ese segmento social
fragmentado: Una persona ni siquiera peruana en todo sentido porque mi
madre viene de una familia extranje- ra. Entonces, de alguna manera, mi
peruanidad es resultado de mi terquedad. Yo soy la más peruana de toda
mi familia, de mis hermanos, porque yo insistí en quedarme en el Perú y
no irme: En estar cerca de los Andes, en entender lo que pasa, en
involucrarme políticamente en los primeros años de la universidad y
luego, el resto de mi vida. En fin, en hacer lo que mi padre y mi madre
tenían miedo: Artista, mujer y comunista. Todo lo fui. Yo elegí abrazar
ese Perú que puede ser tan fácilmente no abrazable. Regresas un poquito
con la sensación de ser huésped, irónicamente, me toca repetir lo que
hizo la familia de mi madre. Eso ha sido duro. Sin embargo, la política
peruana vive en mi mesa de noche. Yo siempre estoy pendiente. Estoy más
que teóricamente, casi prácticamente, soy capaz de agarrar un avión
para participar en una marcha que es lo que he hecho, pero lamen-
tablemente el día a día es lo que conforma tu vida. A veces se
desdibuja, a veces se regresa.

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Juno / Juno

Papagallo / Papagallo

Armadillo / Armadillo

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